‘El retrato de Dorian Gray’ es un clásico. El protagonista, Dorian, un joven obsesionado con aparentar una eterna lozanía, o sea, como Barcelona, pero de carne y hueso, esconde en el desván un retrato a tamaño natural que, en un ejercicio de mágica perversidad, envejece por él, física y moralmente. Oscar Wilde, sencillamente, lo bordó. ¿Son los Encants el cuadro inconfesable de la narcisista Barcelona? Si se acepta ese juego de espejos, es estupendo para la ocasión el ‘mejorimposible’ libro que acaba de publicar el sello editorial del ayuntamiento, ‘Encants i miralls de Barcelona’, un trabajo coral que aúna la mirada fotográfica de Rafael Vargas y las aproximaciones literarias que realizan el historiador local Enric H. March, el arquitecto Josep Bohigas, la inclasificable cineasta y escritora Victoria Bermejo y el diseñador Oscar Guayabero.

Lo dicho. Barcelona es Dorian Gray. Hay ciudades que envejecen como esas grandes actrices, Jane Fonda o Sophia Loren, por citar dos, en que si hay quirófano es con buena mano. Barcelona, por ponerle cara a esta introducción, sería más bien Melanie Griffith y, si fuera hombre, Mickey Rourke, ¡ay!, un milhojas de cirugías arquitectónicas en que, en ese afán por parecer jovial, termina por parecer otra persona. Bohigas, en su aportación al libro, es inmisericorde en esta materia, vaya esto por adelantado.

Los Encants, en una de esas horas mágicas en que es un juego de reflejos del tráfico y el alumbrado público.

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Rafael Vargas

El libro habría sido imposible, y habría sido una lástima, sin la feliz ocurrencia que Vargas tuvo cuando en el año 2005 fue contratado para documentar la construcción de la Torre Agbar. Desde lo alto de aquel géiser acristalado era imposible no reparar en los viejos Encants, un mercado en apariencia desaliñado, pero perfecto para su función, el lugar en que no sería extraño encontrarse a Tintín comprando una réplica del ‘Unicornio’. Comenzó a fotografiar aquel ‘marché aux puces’ barcelonés sin saber aún que Fermín Vázquez, coautor de la Torre Agbar mano a mano con Jean Nouvel, iba a ser muy pronto el responsable de la construcción del nuevo mercado de los Encants. Cuando Vázquez recibió el encargo, le pidió a Vargas que convirtiera esa mirada voyeur en un proyecto a mayor escala. Fue por eso que su cámara estuvo presente en el adiós del viejo mercado, retrató el recinto ya vacío en una colección de fotografías realmente muy poéticas y asistió al nacimiento y primeros pasos de los nuevos Encants.

De la importancia de que haya una constancia clara y ordenada de esta transición a la nueva sede da fe March en su aportación al libro. Los Encants, dice este autor de crónicas impagables sobre Barcelona, son un caso sin igual en Europa, un mercado de lo viejo que, aunque de forma itinerante, lleva 750 años de historia ininterrumpida a sus espaldas. Francia, es cierto, tiene una muy conocida y prestigiosa tradición de compra y venta de lo viejo y lo antiguo, ‘ les brocanteurs’, pero lo es en mercadillos de quita y pon, en ruta nómada por las pequeñas y grandes ciudades del país. Lo de Barcelona es diferente. Es un mercado fijo y tan anciano, explica March, que hasta su nombre tiene raíces en el latín, ‘in quantum’, que a través del occitano derivó en un ‘en quant’ vendes tal o cual pieza.

Estuvo en el siglo XIII en las inmediaciones de lo que hoy es la plaza de Sant Jaume, después en la plaza Nova. Durante cinco siglos estuvo en lo que aún es, aunque sin estatua, la plaza plaza de Antonio López. Emigró a la Rambla. Luego, al Born. De ahí saltó al poniente de la ciudad, a lo que ahora es la avenida Mistral, que cómo sería la cosa, el escritor Joan Vallès Pujals definió aquello como “las Hurdes catalanas”.

Los viejos Encants, donde cada metro cuadrado de productos a la venta era un mundo.

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Rafael Vargas

Fue en 1928 que una parte de los Encants (la que no buscó abrigo alrededor del mercado de Sant Antoni) se mudó, en principio con carácter provisional, a la plaza de las Glòries, que como se sabe estaba llamada a ser, según el plan Cerdà, el centro neurálgico de la Barcelona. La provisionalidad, menudo chiste, duró 80 años, hasta el 25 de septiembre del 2013.

Ha sido sobre todo durante la recta final de esos 80 años en que por puro olimpismo o por deslumbrar a propios y extraños Barcelona ha mudado de piel con mayor periodicidad que una serpiente, vamos, hasta ser ese trasunto urbanístico de lo que en Hollywood son la Griffith o Rourke, caras irreconocibles. Han sido años extraños en que gustaba mucho presumir de los arquitectos estrella que recalaban en la ciudad y se optaba por orillar, por poco ‘cool’, la presencia de los Encants.

En ese sentido es clara, diáfana y directa como un puñetazo en la nariz la aportación que Josep, hijo también arquitecto de Oriol Bohigas, realiza al libro sobre los Encants. Se podría decir que es incluso freudiana. Enamorado de ese edificio casi de filigrana de papiroflexia, Bohigas, a su manera, destapa lo que Oscar Wilde contó hace 130 años, que la perversidad estaba en realidad en Dorian Gray, no en el cuadro. Lo hace con un relato sin medias tintas en el que opina sobre la plaza de las Glòries, dirección postal de los Encants, un lugar que confirma fehacientemente, en su opinión, que “la buena arquitectura no es suficiente para hacer una buena ciudad”.

La subasta de los Encants, reflejada en el techo del edificio.

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Rafael Vargas

El Auditori de Rafael Moneo y el Teatre Nacional de Ricard Bofill se llevan como Caín y Abel. El Museu del Disseny que levantó su padre (la grapadora, para entendernos), como edificio se quedó algo lelo cuando se demolió el anillo viario con el que parecía dialogar. No es que Bohigas junior llore la ausencia del paso de coches por aquel anillo de cemento, pero opina que, fiel a lo que son los Encants, en un sanísimo ejercicio de reciclaje Barcelona podía haber aprovechado aquella infraestructura como Nueva York hizo con su High Line, que de línea ferroviaria elevada pasó a ser un jardín.

En su contribución al libro, Bohigas recoge algunos fragmentos del que fue el último artículo de opinión publicado por Manuel de Solà-Morales, gran maestro del urbanismo barcelonés, que tituló ‘Incertes Glòries’ para suscribir su tesis de que esa plaza se ha ido convirtiendo con los años en “un agujero inmenso e indescifrable”, que lejos de ser el centro urbano prometido por el pobre Cerdà ha terminado por ser “un enorme agujero mental de incógnitas sin respuesta”.

Cuenta Bohigas, o al menos lo atribuye a las malas lenguas de su gremio profesional, que ninguno de los arquitectos de renombre que pusieron su firma en la plaza de las Glòries se sentó jamás con el resto de sus colegas para unificar criterios o compartir estrategias. Y la broma de mal gusto continúa, dice, desde el momento en que se está construyendo un túnel subterráneo bajo la plaza para el tráfico privado, justo cuando el reinado de los automóviles más se discute. “Que poco elegante es entrar en una ciudad por un túnel”, dice Josep Bohigas que dijo una vez Rafael Moneo. Es una gran frase.

Los viejos Encants, vistos por Rafael Vargas a lo largo de casi 20 años.

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Rafael Vargas

Y en mitad de este pandemonium urbanístico, ¡zas!, brillan los espejos de los Encants, que a pesar del tormento que para ese mercado ha sido el 2020, es un lugar siempre sorprendente. Lo primero, sin duda, por las subastas matutinas, esas casi dos horas que comienzan cuando despunta el alba en que al mejor postor se adjudican, según se mire, todos los recuerdos de la vida de una persona. Con lo grande que es, no hay nada igual en el resto del mundo. Cuando se vacía un piso, habitualmente por defunción del dueño, sus muebles, su vajilla, sus álbumes de fotos, sus títulos de bachiller, los cuadros de la paredes, lámparas, libros, colecciones insólitas y a veces hasta algún vicio secreto se ofertan en un único e indivisible lote. Toda una vida colocada a veces por 800 euros o no mucho más. Como la Meca de los musulmanes, todo buen barcelonés debería visitar al menos una vez en la vida esa suerte de teatral misa por la reencarnación de los objetos.

Las subastas, lo habrán deducido, son en gran parte el petróleo de los Encants, el yacimiento del que se nutren después las ‘paradas’ del mercado y que han permitido desde hace años a Victoria Bermejo encandilar a sus seguidores en la redes sociales con minúsculos pero muy inolvidables relatos. Téngase en cuenta que esta mujer, asidua de los Encants, ha visto desde lo inimaginable (un regateo por 20 ataúdes, una dentadura postiza que el comprador se llevó puesta) a lo inesperado, como esa amiga que compró un bolso por una monedas y dentro se encontró 30 euros con los que se fueron a tomar un aperitivo. Más suerte, si no se es aprensivo, tuvo aquella amiga que dentro de una cajita de la que se enamoró halló un diente de oro. Pero para Bermejo, tal y como lo cuenta, tal vez la mejor esencia de los Encants sean esos libros de segunda mano con dedicatorias tan sugerentes como indescifrables. «Para mí tú siempre serás Berlín”. Como bien dice, todo objeto es una muñeca rusa de recuerdos.

Larga vida a los Encants.

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