A medida que se acerca el juicio a dirigentes independentistas, parece más difícil encontrar una salida al desconcierto en el que vivimos. Pocos están dispuestos a tejer un ovillo de hilo como el que Ariadna ideó para que Teseo, hijo del rey de Atenas, pudiera salir del laberinto donde Minos hizo encerrar al Minotauro. No pretendo comparar el enfrentamiento de Atenas y el rey Minos con la confrontación entre el Estado y el independentismo. Pero sí creo necesario destacar la desazón que produce que, en nuestra particular realidad, nadie atine con el recurso que permita una salida airosa de tan complicado embrollo.

Las próximas semanas y meses los sentimientos aun pesarán más en cualquier intento de racionalizar todo tipo de decisión. Es el costo que pagamos por la incapacidad de resolver desde la política un problema político, y de haberlo radicado en la vía judicial. Sin compartir los planteamientos independentistas, no por ello soy ajeno al dolor que produce la aplicación de la prisión provisional a los políticos encarcelados. Como sucede con otras personas desvinculadas de la causa que el Tribunal Supremo se dispone a juzgar. Citaré una vez más, como ejemplo, al expresidente del FC Barcelona, Sandro Rosell, por el que siento afecto personal, con una privación récord de libertad sin sentencia. O a Eduardo Zaplana, con el agravante que supone vivir su difícil enfermedad en la condición de preso provisional.

Soy consciente, además, de que el horizonte que se proyecta, con posibles condenas judiciales –aunque no lo sean por rebelión–, sublimará el estado emocional de una parte de nuestra sociedad. Los sentimientos son legítimos y, si son nobles, siempre merecen respeto. Pero sin ignorarlos ni menospreciarlos, de una vez por todas, alguien deberá optar por la política. Hace demasiado tiempo que estamos haciendo historia y lo que precisamos es algo más modesto, pero también más eficaz, que se haga política.


(Ignot)

En toda acción política, la persona se debate entre diversas opciones y maneras de resolver un mismo problema, entre valores en conflicto: unos invitando a proseguir en una cierta dirección y otros, en otra distinta. Por tanto, a nadie deben extrañar las dudas que provocan en nuestros dirigentes políticos el camino que seguir. El propio Nicolás Maquiavelo, en sus meditaciones sobre el poder, se verá inmerso en la saludable tensión entre la conciencia y el poder. ¿Cómo debe de proceder el príncipe? ¿Será deseable pactar con quien no piensa como nosotros, o es preferible avanzar solamente con los afines? Esta y otras muchas cuestiones habitan desde la antigua Grecia en el interior de quien toma decisiones políticas. Por una parte aparece el deseo de lograr algo concreto, un cierto bien que se estima provechoso para la comunidad, y por otro lado se encuentran las exigencias del contexto, las lógicas limitaciones humanas para la resolución de los problemas y las mezquindades por todos conocidas.

Y si todo esto no fuese suficiente, la “modernidad líquida” –que acuñó y desarrolló Zygmunt Bauman– y las nuevas tecnologías han añadido a las dificultades de decisión la simplificación y el reduccionismo. Se tiende a buscar un solo culpable, y a defender una idea que lo explique todo, reduciendo la diversidad a costa de sacrificar los matices y con ello la realidad. Se acaba abrazando la fe de los juicios maximalistas: o blanco o negro. Sustituyendo y violentando la verdad.

Pero en la práctica política es preciso lograr objetivos tangibles, es necesario construir puentes, sumar a los diversos. Y esta es la primera obligación de quienes hoy gobiernan Catalunya. Deben darse cuenta de que sostener posturas maximalistas, basadas en el “todo o nada”, hacen inviables sus propios objetivos y por supuesto el de servir al bien común, es decir, al del conjunto de la comunidad. Unos y otros, aquí y en el conjunto político español deberían entender que casi siempre, pero particularmente en las circunstancias actuales, el bien común nos invita a trabajar junto al adversario. Pretender derrotarlo por completo, extinguirlo, anularlo, aparte de ser una ingenuidad, sitúa a Catalunya y al conjunto de España en la antesala de un grave desastre.

Nadie debe renunciar a sus ideales. No es esto lo que se reclama. Ni tan siquiera actuar o tomar decisiones por el “mal menor”. Lo que se demanda de nuestros dirigentes es la creatividad y entereza moral necesaria para optar por “el bien posible”. Las pasiones alimentan los gestos heroicos que pretenden librar la batalla por un ideal, y al igual que sucede con los sentimientos, estos gestos son tan respetables –si son nobles– como detestables cuando la aspiración no es otra que la de conseguir “el cuanto peor para todos, mejor para mí”.

Pero los ideales no deben impedir jamás la posibilidad de atenuar el mal en algún grado. Es preciso, además, saber dónde están los límites. Nuestro Código Civil dice que “no podrán ser objeto de contrato las cosas o servicios imposibles”. Esto es también aplicable a la política. El juego del “todo o nada”, y más cuando se está en minoría, conduce precisamente a “nada”. ¡Y así nos va!

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