• Los partidos activan la carrera hacia las urnas más atípica e incierta de la historia

Las quintas elecciones autonómicas de la década arrancan con la campaña más abierta, atípica e incierta de la historia de Catalunya. No hay un favorito claro, el volumen de indecisos es histórico, la pandemia ha anulado los mítines de gran formato multiplicando los actos telemáticos y la propia fecha de los comicios, el 14 de febrero, sigue pendiente de confirmación judicial.

La campaña calibrará el ‘efecto sorpresa’ del desembarco del exministro de Sanidad Salvador Illa como candidato del PSC, que se disputará la victoria con las dos fuerzas independentistas del Govern: JxCat y ERC.

La vía pragmática se juega su futuro

Hay veces que los tópicos cumplen con su cometido. Y al hablar de ERC y estas elecciones, esta es una de ellas. Los republicanos se juegan el ser o no ser en los comicios del 14-F. Tras el fiasco de las pasadas, donde todas las encuestas les daban como ganadores y, al final, quedaron terceros, tras Ciudadanos y, sobre todo, Junts per Catalunya, Esquerra, que por el camino ha acumulado dos triunfos en las generales y uno en las municipales, incluyendo Barcelona, no tiene plan b. O vence o sufre una severísima enmienda a la totalidad a su estrategia de ampliar la base del independentismo huyendo de radicalismos unilateralistas de buenas a primeras. Una enmienda que podría, incluso, tener repercusiones internas.

Cabe matizar, sin embargo. Sabedores de que el electorado se divide en dos grandes burbujas, la independentista y la constitucionalista, los republicanos se sienten con las manos atadas en cuanto a cuánto voto no independentista puede acumular el PSC. Por lo que el objetivo es doblegar a JxCat y ser la primera fuerza de un bloque, el secesionista, que muy probablemente será el que consiga la mayoría absoluta.

Con la posconvergencia puigdemontista Esquerra comparte una ancha frontera de voto. Y es ahí donde los estrategas del partido se andan con más tiento. Cualquier ataque que se lance desde ERC acaba retornando al partido, cual bumerán, en forma de desapego electoral y deserción de filas. Es por eso que la táctica empleada, desde ya hace meses, es buscar el cuerpo a cuerpo con el PSC. Se busca ser la fuerza útil del independentismo para que los socialistas no ganen y, además, los ataques al PSC sirven para alejar el espantajo de un nuevo tripartito que sus adversarios y enemigos de JxCat aventan a la mínima, sin mediar ningún argumento que lo sustente, más allá de sus estrategias electorales.

Los republicanos se preparan para una dura campaña de desgaste, a cuenta de su gestión de la pandemia, y saben que los posconvergentes venderán cara su piel. Tanto que un resultado muy igualado les hace temer con que Jxcat pretenda forzar una ‘segunda vuelta’ en forma de nuevas elecciones.

El nuevo partido del ‘expresident’ Carles Puigdemont se juega la hegemonía independentista. Tras años de enfrentamientos sin tregua que ya se iniciaron durante la convivencia de Artur Mas con Oriol Junqueras en el Govern, Puigdemont logró una victoria contra pronóstico en el 2017 y su reto ahora es volver a desmentir a las encuestas.

Si vence sobre ERC, podrá dar por validada la estrategia de seguir la confrontación, renegar de la mesa de diálogo con el Estado y plantear (de momento, de forma retórica) otro conflicto como única vía hacia la independencia.

El reto esta vez es mayor porque el PDECat, el partido del que procede Puigdemont –tras haber pasado años representando a CiU en el Parlament y el Ayuntamiento de Girona– compite por ese mismo espacio. También lo hace Marta Pascal con su también nuevo PNC.

Además, ha aflorado el factor Illa. Todo ello lleva a Puigdemont a apostar por un discurso cercano a la CUP en términos de desobediencia, enfrentamiento y rechazo a cualquier acuerdo con el Gobierno. Con ello y con Laura Borràs como candidata (en segunda posición de la lista, que encabeza el mismo Puigdemont, aunque no se presente a la investidura en caso de vencer), JxCat confía en movilizar a los suyos y aglutinar el voto emotivo. Cuenta para ello con el apoyo de los presos posconvergentes y con figuras como la del exresponsable de la Cambra de Comerç de Barcelona, Joan Canadell, para dar un barniz también de gestión y de prioridades económicas a su plan para Catalunya. Y es que JxCat apelará también a la necesidad de un mejor Govern –aún con la evidencia de que forma parte del actual- para gestionar la pandemia y la crisis económica y social.

Perder frente a ERC –cosa que le ha pasado a JxCat ya en diversas citas electorales, desde las generales españolas a las municipales en espacios clave como Barcelona- representaría para Puigdemont perder, pues, la bandera de la hegemonía. Su discurso ya no sería el más apoyado del soberanismo. Perder, además, el Govern, sería todavía peor para un partido nuevo trufado de cargos de responsabilidad en el mismo Ejecutivo que perderían su empleo. La cohesión del proyecto, con caras muy dispares, estaría en juego.

La esperanza del ‘efecto Illa’

La irrupción sorpresa de Salvador Illa como candidato del PSC da a los socialistas catalanes, por primera vez en mucho tiempo, opciones de ganar las elecciones al Parlament. Todas las encuestas dan por hecho que el ‘efecto Illa’ les deparará un incremento importante de escaños, tras los decepcionantes 17 diputados de 2017. La duda es si ese crecimiento dará para quebrar los bloques monolíticos –independentistas y no independentistas– que se mantienen inalterables desde el inicio del ‘procés’.

“Vuelve Catalunya”, se lee en los carteles electorales del PSC. Los socialistas dirigen preferentemente su campaña a los hastiados del debate identitario, a quienes piensan que una década de inflamación oratoria no ha servido para que Catalunya progrese y sí, en cambio, ha provocado división social y sufrimiento para los líderes independentistas encarcelados. Si hubiera que resumir su propuesta electoral en una palabra, podría ser ‘reconciliación’.

Consciente de que el virus puede alejar de los colegios electorales a muchos ciudadanos, el PSC teme sobre todo a la abstención, que podría dar al traste con su objetivo de robar votos a casi todos sus rivales. El partido ha puesto cuidado en ofrecer un menú apetecible tanto para quienes en el 2017 hicieron que Ciudadanos ganara las elecciones como a votantes de los ‘comuns’ que añoran la etapa del tripartito. Y deberá afrontar durante la campaña, y sobre todo en los próximos meses, debates peliagudos como el de los indultos o el de la reforma de la sedición.

Illa, despedido con cariño por quienes hasta el martes eran sus compañeros en el Gobierno de Pedro Sánchez, ha pasado en el año de la pandemia de ser casi un desconocido a erigirse en un perfil familiar –el flequillo, las gafas de pasta- para todos los españoles y los catalanes. Para bien y para mal, aterrizó en un ministerio en principio empequeñecido por la descentralización, pero que el coronavirus ha convertido en el centro de todas las miradas. En su nueva etapa no se alejará del foco: la política catalana no es buen sitio para pasar desapercibido.

Ante el vértigo a la caída

Ciutadans ganó las elecciones del 2017 situándose como primera fuerza, pero los pronósticos electorales auguran que tres años después deberán conformarse con la cuarta posición. Los naranjas no han sabido mantener la euforia que generó su victoria, que se fue deshinchando poco a poco desde que Inés Arrimadas rechazó presentarse a la investidura por falta de apoyos y que se acentuó cuando abandonó el escaño en el Parlament para ocupar otro en el Congreso.

Los naranjas empezaron la precampaña con duras críticas contra los socialistas, por la gestión de la pandemia y por la investigación a la presidenta de la Diputació de Barcelona, Núria Marín. Sin embargo, a las puertas de la campaña, llegó el ‘plot twist‘: Arrimadas tendió la mano a Salvador Illa para configurar un Govern «sensato y moderado» tras el 14-F. Cs teme perder más de la mitad de los escaños -con una clara fuga hacia Vox y el PSC- al tiempo que ve cómo el PP araña haciéndose con líderes de su partido, como Lorena Roldán. La receta es volver al centro y mostrarse como la garantía para que el PSC no se alíe con ERC.

Dejar de ser testimoniales

El espacio de los ‘comuns’ afronta otras elecciones complicadas. A sus problemas tradicionales en las elecciones autonómicas –menos propicias para ellos que las generales o las municipales– se une esta vez tanto el claro desmarque de ERC de la estrategia unilateral como la irrupción de Salvador Illa. Ambos factores podrían provocar fugas a los ‘comuns’, poco cómodos en el debate identitario.

Para contrarrestar esa situación, la candidata, Jéssica Albiach, se ofrece como puente entre la izquierda independentista y el PSC. Catalunya En Comú Podem es la única formación que defiende abiertamente la herencia del tripartito, y en su sala de máquinas se respira ahora un optimismo prudente.

Encuestas como la del CIS, que pronostica al espacio un incremento de más de dos puntos, y el reciente protagonismo de Albiach en la denuncia contra elementos reaccionarios de la lista de JxCat permiten a los ‘comuns’ especular con superar los ocho diputados actuales, que les han dado un papel testimonial en la última legislatura.

La CUP empieza la campaña con mal pie. El consejo político del partido enmendó la estrategia que venía desempeñando su candidata, Dolors Sabater, cabeza de cartel tras el acuerdo alcanzado entre los anticapitalistas y Guanyem. El varapalo interno ha obligado a la formación a corregir su apuesta por entrar en el futuro Govern y a minar la ‘hiperrepresentatividad‘ de Sabater, en una organización que se reivindica «horizontal y asamblearia«, a menos de una semana de empezar la carrera electoral hasta el 14-F.

Con un programa netamente independentista y en pro de la desobediencia, combinado con medidas nacionalizadoras para solventar la crisis sanitaria y socioeconómica que deja el covid-19, los anticapitalistas aspiran a duplicar sus cuatro escaños para recuperar el pulso en el hemiciclo catalán. Su objetivo es ser «decisivos» para la gobernabilidad -ergo, tener capacidad de presionar a JxCat y ERC para que compren sus tesis- y abrir «un nuevo ciclo» político que «empuje a las instituciones para que se alineen con los movimientos populares«, en palabras de Sabater.

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El PPC se lanza a la contienda electoral con el objetivo de recuperar el peso que tuvo en el Parlament antes del ‘sorpasso’ de Ciutadans. El candidato Alejandro Fernández ha nutrido su candidatura con exdirigentes del partido naranja como Lorena Roldán y de su órbita, como la mano derecha del exprimer ministro francés en el Ayuntamiento de Barcelona, Eva Parera, para dar un golpe de efecto en estas elecciones y multiplicar sus escaños. Pero, a la vez, ha tenido que apartar al número cuatro por Barcelona, Daniel Serrano, después de que EL PERIÓDICO publicara que está imputado por agresión sexual a una compañera de filas.

Fernández ha reforzado su mensaje moderado y tozudamente constitucionalista para evitar que la posible irrupción de Vox le perjudique. El líder del partido, Pablo Casado, se volcará en la campaña en la que el PP pretende erigirse como la «alternativa tanto al sanchismo como al independentismo» con ataques directos tanto a la Generalitat como al Gobierno por la gestión de la pandemia.

La lucha por la supervivencia

El PDECat se juega su propia supervivencia. De ser un partido, Convergència, de mayorías absolutas, pasa ahora a arañar votos para lograr entrar en el Parlament, algo que las encuestas no pronostican.

El heredero de CDC, en una situación de alta precariedad económica –por las sentencias del ‘caso Palau’ y gastos extra como el de la defensa de los presos independentistas– y con una notable fuga de cargos hacia el nuevo partido de Carles Puigdemont, pugna por un espacio, el de la centralidad soberanista, que antaño fue mayoritario.

La formación puede sufrir por su supervivencia si no obtiene ningún escaño. Ello significaría una desaparición mediática y una merma económica notables. Su ambición ahora pasa por el medio plazo, pero para ello debe poder sentarse en el Parlament aunque sea de forma testimonial. Su ideal sería poder condicionar a las eventuales mayorías independentistas.

A estos retos se añade que su candidata, la ‘exconsellera’ Àngels Chacón, es poco conocida y carece de experiencia como líder. Y que su principal activo, el ‘expresident’ Artur Mas, nada y guarda la ropa ante la turbulencia de un espacio político que no reconoce ya como suyo.

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