En la gran temporada del punto -ahí están, si no, el cárdigan-sujetador de Katie Holmes y la lana plutocrática de la serie ‘Succession’, quizá el mayor ‘hit’ esté siendo el jersey de punto grueso con cenefas, ese que en argot del ramo se conoce como “de ochos”, “de Guernsey” o “de Arán”, en alusión a las islas del canal de la Mancha y de Irlanda que exportaron los gruesos suéteres de pescador que vestían Grace Kelly en su yate real y los Kennedy cuando inventaron la intriga casual en Cape Cod.

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Cabe decir que detrás de la conversión pija de esta prenda de leyenda -se decía, con escaso fundamento, que cada pescador lucía un dibujo único que permitía identificarlo en caso de ahogo- se encuentran las mujeres de la inclemente isla irlandesa, que buscaron en el punto un ingreso extra. A partir de los años 30 y tras el estreno de la docuficción ‘El hombre de Arán’, se pusieron a tejer con plumas de ganso y varillas de sauce -las agujas eran escasas- jerséis que vendían al continente con un márketing intuitivo que funcionaba solo: aquellas prendas elaboradas con lana sin tratar eran casi impermeables (podían absorber el 30% de su peso en agua), requerían 100.000 puntadas, y simbolizaban como pocas esa fantasía masculina tan extendida sobre la lucha entre el hombre y la inhóspita naturaleza.

El ‘gran salto’, sin embargo, llegó en los años 50, cuando la revista Vogue y el emprendedor irlandés Pádraig Augustine Ó Síocháin propagaron aquellos suéteres entre los chicos peligrosos del ‘show business’ -de Elvis Presley a Steve McQueen  y Marilyn Monroe- y la élite estadounidense que repartía su ocio entre el club de tenis y el náutico.

Ahora los descendientes ilegítimos del jersey de Arán copan pasarelas y moda rápida, pero aún funcionan como fetiche del estilo ‘preppy’, ese look de ‘college’ ultra-pijo al que se encomienda la jefatura de Instagram cuando quiere sentirse como si estuviera en Harvard planeando cómo seguir ‘mayordomeando’ al mundo.

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