Trabajadores y estudiantes expatriados planean cómo sortear las dificultades para viajar y ver a la familia. Pero hay quienes tiran la toalla ante el cierre de fronteras y la burocracia sanitaria

No hay precedentes de una Navidad en la que tantos obstáculos juntos se opongan a la vez a un retorno temporal de los expatriados para pasar en casa las fiestas navideñas. Es el covid-19, claro, pero sobre todo una coalición de dificultades hijas de la situación sanitaria: normas de confinamiento, precios de los laboratorios, controles de viajeros, cuarentenas y fronteras cerradas. Y, claro, el miedo al contagio.

La mano blanda con los allegados no existe para los que retornarían por aire o mar, y sí, curiosamente, para los que vienen en tren. A una parte del contingente de españoles por el mundo, la obligación impuesta por España en puertos y aeropuertos de traer una PCR negativa no más vieja de tres días les encarece considerablemente el viaje. Para otra parte es imposible tener la certeza de que la entrega de los resultados de la prueba case con el día del vuelo. Algunos buscan trucos de última hora para que sea la sanidad del país la que les haga el test, mientras otros intentan no ser víctimas de la picaresca local.

Para estos estudiantes, trabajadores y jubilados que emigraron a Europa, América y Asia el planeta parece haber triplicado sus distancias. No es nada fácil volver en la Navidad de la pandemia.

«Si las cosas van mal, es posible que nos quedemos en Londres», por Begoña Arce

«Saqué el vuelo en septiembre, pero aún no sé si podré pasar la Navidad con mi familia». Laura Monte reside en Manchester desde hace más de cuatro años y las últimas normas sobre el coronavirus le están complicando mucho el viaje que tiene previsto realizar el 23 de diciembre a Barcelona. Una vuelta a casa muy especial, después de meses separada de los suyos por la pandemia. «Compré el vuelo muy pronto porque este año murió mi abuela y yo no pude estar allí. Ahora quería que pasáramos la fiesta todos juntos, hacer piña con mi familia». Como tantos otros españoles en el extranjero, esta psicóloga que trabaja en la sanidad pública británica se topa con el certificado de PCR que exigen las autoridades españolas para entrar en el país. «Hay que hacerse la prueba 72 horas antes del vuelo y nunca estás segura de que vaya a llegar a tiempo el resultado». Ella tiene cita en una clínica pequeña donde le dan el resultado en 32 horas. «Pero, como viajamos el 23, teníamos que hacernos la prueba el domingo, que está cerrado. Debemos esperar al lunes. Es mucho estrés. Si las cosas salen bien irá todo rodado, pero si van mal es posible que nos quedemos en tierra». Laura había pagado 50 libras por el billete de avión. La PCR le ha costado130 y el precio puede subir a 300 libras, dependiendo del tiempo que tarden en dar los resultados.

Para muchos sumar al coste del billete el del PCR es prohibitivo. María D. Rotaeche que estudia empresariales en Londres sabe de gente que busca otras salidas, como tratar de hacerse la prueba gratis en la sanidad pública. «Dicen que tienen síntomas del covid, que es la forma de que te hagan el test sin cobrar». Ella y su amiga Carlota Alonso, con la que comparte aula y piso, tienen billete a Madrid para el día 18 de este mes. La supuesta clínica en la que pidieron cita por internet para hacerse el PCR resultó ser una farmacia pequeña, donde la gente entraba y salía sin demasiadas precauciones. «El dependiente sin mascarilla y sin ponerse gel abrió un paquete con un palito esterilizado y me pidió que yo tomara la muestra», cuenta Carlota. «He visto que hay que llegar muy hasta el fondo y no estoy segura de que lo haya hecho bien». A cada una le cobraron 134 libras y ahora esperan tener el resultado a tiempo en un correo electrónico. No han sacado billete de vuelta aún, pendientes de las cuarentenas en vigor a primeros de enero y las excepciones para viajar a estudiantes. «Las normas cambian todo el tiempo. Tendremos que decidir sobre la marcha». 

«¡Me voy de París; me voy y cuanto antes mejor!», por Irene Casado Sánchez

«¡Me voy, me voy, y cuanto antes mejor!», exclama Laia al otro lado del teléfono. Su última escapada se vio truncada el pasado mes de noviembre con el segundo confinamiento nacional decretado en Francia, esta vez, espera que ningún cambio de última hora estropee sus planes navideños: «Volver a casa». 

«Tengo el billete de avión y cita en un laboratorio para hacerme un PCR que cumpla todos los requisitos -explica con entusiasmo-. Espero que no me cancelen mi vuelo a Barcelona o que haya cualquier complicación». Sin duda, una de las principales preocupaciones de los españoles en París son los imprevistos: ante la fuerte demanda, los resultados de los test PCR sufren importantes retrasos y el principal requisito para llegar al otro lado de los Pirineos en avión es una prueba negativa realizada 72h antes de llegar a España. 

«¡Y, además, el documento tiene que ser redactado en inglés o en español!», recuerda Laia, experta en retoque fotográfico, una condición que no ofrecen todos los laboratorios. A pesar de los retrasos y trabas lingüísticas, Francia cuenta con una importante ventaja: los test PCR son gratuitos, no se necesita un volante médico, tampoco presentar algún síntoma de covid-19, para someterse a la prueba.

«Yo prefiero evitar todo el papeleo… Los laboratorios y sus largas colas. Nada, nada… ¡Yo este año me voy en tren!», explica Enric. «Por motivos laborales pasaré Navidad y Año Nuevo en París, pero si todo va bien, me escaparé para pasar la noche de Reyes con mi familia». Apostando por el transporte ferroviario, aunque más costoso y más lento, Enric, periodista de profesión, no necesitará ningún test PCR, ya que la normativa española afecta únicamente a los viajeros que llegan a través de un aeropuerto o un puerto. Por ahora, regresar a Francia será mucho más fácil, el Hexágono no exige ningún requisito a sus socios europeos para entrar en su territorio. 

Y si muchos están deseando volver a casa por Navidad, algunos prefieren evitar cualquier tipo de desplazamiento en el epílogo de este convulso 2020. «Casi siempre nos quedamos en París, con mi hija viviendo al sur de Francia y mi hijo en España, es complicado juntarnos todos, todavía más este año […] No está la situación para andar de un lado para otro, toca conformarse con lo mínimo»”, comenta Azucena. «Mi hermano vendrá a pasar unos días, hemos comprado un billete de tren e iremos a buscarle a la estación […] Y de ahí, ¡directamente a casa! De todos modos, con el toque de queda [que entrará en vigor el próximo día 15 y sólo será suspendido a modo de excepción las noches del 24 y 31 de diciembre] y los restaurantes cerrados poco más podremos hacer», explica resignada esta jubilada española. 

«Simplemente estaremos juntos, no podemos pedir nada mejor este año ¡Y crucemos los dedos para que no haya complicaciones, claro! Qué difícil es hacer planes este 2020…», lanza Azucena con un suspiro. 

«Somos una familia de cinco… Ir a España desde Roma nos valía un pastón», por Rossend Domènech

Álvaro M. se encontraba ya en la puerta de Fiumicino, en Roma, para embarcarse cuando le pidieron una prueba PCR realizada en las 72 horas anteriores, la sacó, entregó y se la devolvieron. «Han pasado 80 horas, no puede salir». Tuvo que volver a casa, en la capital italiana, donde está estudiando, sin vacaciones con sus padres. Julia F., de 23 años, se iba también de vacaciones navideñas a España, pero le obligaron a cancelar el viaje porque llevaba una prueba de antígenos y no un PCR. No es válida para certificar la negatividad al virus.

La familia de Isabel T. cada año pasa las Navidades en Barcelona, pero esta vez han decidido quedarse en Italia. «Somos cinco y nos salía por un pastón, añadido a los billetes», explica. Intentaron sacar un billete para ir por barco, pero el mecanismo era el mismo: sin PCR uno no se embarca. El hijo de Eduardo R. está a punto de salir para Londres, donde tiene la novia. «Iré, aunque no sé si será en el vuelo que reservé, porque me han alertado de que podría haber retrasos y cambios de horario». ¿La PCR será todavía válido?

«Mi madre venía a vernos cada año a Roma, pero este no», explica Cristina C., casada y con dos hijos. La familia se planteó la posibilidad de ir ellos, pero «salía demasiado caro». Idéntica situación para Rocío S., que en familia suman cinco personas.

Para salir de Italia las compañías de transporte piden una PCR válida. El Estado, no. Para salir del país, este exige solo, aunque en pocas ocasiones alguien lo pide, rellenar un impreso, conocido como «autodeclaración». En resumen, uno se asume la responsabilidad de ser negativo al coronavirus, de no tener síntomas y de no haber frecuentado o cruzado por el camino a ningún positivo.

Para la entrada en Italia es diferente. Hasta el 25 del mes se entra con una PCR negativa y el impreso de responsabilidad rellenado. A partir de Navidad y hasta el seis de enero, habrá que observar 14 días de cuarentena. Endurecer la vuelta ha sido la idea del gobierno para impedir, o frenar, los viajes de vacaciones al extranjero.

Una PCR en la sanidad pública italiana tiene un importe único de 22 euros, precio impuesto por el gobierno y las regiones. En cada territorio hay también una lista de laboratorios privados autorizados a realizarlos. Cobran entre 60 euros y 160 euros. Algunos, pocos, atienden en sábado y una parte del domingo, lo que vuelve más complicado salir de viaje en avión un lunes a primera hora, ya que se no recibe el resultado a tiempo. Y si se pasa la PCR el viernes, se sobrepasan las 72 horas de validez.

«Tengo localizados dos hospitales en Nueva York para hacerme la prueba antes de volar», por Idoya Noain

El jueves, si la aerolínea no vuelve a hacerle otro cambio de planes por un vuelo cancelado, Isabel Sellés iniciará en Nueva York el viaje que, vía Londres, le tiene que llevar a Barcelona para pasar las navidades. Es una reunión especialmente importante para todos este año porque en la mesa, tras una muerte en la familia, habrá uno menos. Y por eso esta catalana que lleva casi tres décadas en Estados Unidos y que tiene permiso de residencia nunca ha dudado que iría a casa por las fiestas, aunque mucho menos claro tiene cómo va a cumplir el requisito de llevar una prueba PCR negativa realizada en las 72 horas previas al aterrizaje.

 «Tengo localizados dos hospitales y en uno, que es público, las pruebas son gratis, pero no ponen en el documento de resultados el número del pasaporte o del DNI, solo el nombre y la fecha de nacimiento. En el otro no sé si la prueba estaría cubierta por el seguro», explica, aprovechando para lamentar el «horror» de un sistema sanitario donde ella tiene que poner de su bolsillo más de 200 dólares de una póliza que consigue por su empleo que cuesta casi 600 dólares mensuales y que, en cualquier caso, no empieza a darle cobertura plena hasta que ella ha pagado los primeros 6.000 dólares de gastos.

En ninguno de los dos hospitales, además, hay garantías de que le vayan a dar los resultados a tiempo. Y lo que Sellés tiene claro es que no va a desembolsar los 450 dólares que cobra, por ejemplo, una empresa que ha abierto centros de pruebas en Nueva York que le garantizaría la velocidad necesaria y la inclusión de los datos requeridos por el gobierno español.

Su historia es la de muchos españoles en Estados Unidos, empeorada en términos de dificultad de conseguir los resultados en el plazo de 72 horas para quienes viajan desde la costa oeste y en cualquier caso cuando muchos viajes, con los vuelos directos reducidos, son con escala.

La situación es aún más compleja para los españoles que no tienen ciudadanía o permiso de residencia estadounidense o alguno de los pocos visados que permiten moverse libremente entre España y EEUU y, si quieren ir en Navidad, deben pedir una exención especial a la embajada estadounidense para poder volver después. Por eso quizá no extrañaba escuchar en una reciente sesión informativa online organizada por la Cámara de Comercio España-EEUU al vicecónsul Gaudencio Villas. «Estos son tiempos difíciles y excepcionales y ante el riesgo de quedarse sin la posibilidad de regresar, sinceramente creo que es justo el momento de pasar las navidades en EEUU», decía. «En verano pasado la situación era igualmente poco clara o incluso menos que ahora y la conclusión a la que parecía llevar el sentido común era no viajar», reflexionaba también el cónsul, Rafael Conde de Saro.

Es la conclusión a la que, por otros motivos, ha llegado Belén Cilleruelo, una madrileña de 52 años casada con un estadounidense y con permiso de residencia que, por primera vez en los 19 años que lleva en Nueva York, no pasará con sus padres y sus hermanas las navidades. «No merece la pena», asegura, mencionando por ejemplo el riesgo de contagiarse en el aeropuerto o en el avión y llevar el virus a casa. «No quiero moverme más de lo necesario», dice. «Ya habrá otras navidades». 

«Este año van a ser unas fiestas ‘online’ desde Moscú», por Marc Marginedas

Para Rafael Martínez, profesor de español en Moscú, nacido en Badalona hace 45 años, casado con una ciudadana rusa y con dos hijas hispanorrusas, éstas serán las séptimas Navidades en Rusia, pero también las «más tristes». Cada año, alrededor del 15 de diciembre, viajaba a España para pasar unos días con la familia, para regresar al país de residencia antes del 24 de diciembre, Nochebuena. «Este año deberemos compartir esos días vía ‘online'», explica. Con la frontera cerrada entre España y Rusia, los viajes entre ambos países se hacen muy complicados, y es necesario obtener un permiso especial del Gobierno, y someterse a periodos de cuarentena que pocos parecen dispuestos a asumir.

Se da la circunstancia de que en Rusia, la Navidad, al ser una fiesta religiosa ortodoxa, se celebra según el antiguo calendario juliano, que lleva un desfase de unas dos semanas con respecto al calendario occidental, con lo cual se celebra el 7 de enero. Ello no le impide a Rafael congregar a toda la familia alrededor de la mesa pese a que en las calles se trata de una jornada laboral cualquiera, con el muy catalán «caganer».

El Año Nuevo, como conmemoración pagana, es celebrado en Rusia el 31 de diciembre y el protagonista en el hogar de Rafael es «Ded Moroz», es decir, Santa Claus en ruso. “En estos días hacemos una mezcla cultural gastronómica con platos de ambos países, y entre el vodka y el cava, sobrevivimos al frío invernal moscovita”, rememora.

Muy diferente es el caso de Alejandro Sánchez Cosials, de 26 años y desplazado a Moscú temporalmente durante un año para trabajar en la oficina comercial de la Embajada de España con una beca del Instituto Exterior de Comercio (ICEX). Acabado su periodo en la capital rusa, se dispone a regresar a España, una vuelta nada fácil debido a las dificultades burocráticas.   

«Me vine a China en octubre, no tiene sentido volverme ahora a España», por Adrián Foncillas

En los mercados de la Seda o de la Perla se aglomeraba la comunidad de expatriados pequinesa en estas fechas para solventar en una tarde todos los regalos prenavideños antes del éxodo masivo. No hay trajín este año en sus pasillos y las dependientas se pelean a gritos la atención de la escasa clientela. Muchos celebrarán en China por primera vez unas fiestas sin tradición, blindados del virus pero a miles de kilómetros de sus familias. Solo una urgente necesidad empuja este año hacia España. 

España no exige pruebas PCR a los llegados desde China, se ha recuperado una razonable frecuencia de vuelos y sus precios ya no son exorbitantes. El problema no es la ida sino los requisitos que impone China para la vuelta. Los extranjeros que pasaron las pasadas navidades en casa sufrieron una larga y carísima odisea de varios meses y miles de euros para regresar en el mejor de los casos. Otros no volvieron y muchos estudiantes perdieron el curso. China cerró durante meses sus fronteras y exigió tras abrirlas tres PCR y dos semanas de reclusión en una habitación de hotel. «Volví a finales de octubre, no tiene sentido que me vuelva a ir ahora. Me da igual no estar con mis familiares, ya estuve con ellos diez meses este año y siempre tenemos el recurso de las videollamadas», desdramatiza Javier, consultor de 40 años. «A mí la distancia no me afectó, pero si eres ingeniero y tienes que ir a la fábrica, estás jodido”, señala.  

 La incertidumbre, insiste. Desconcierta que China no haya incluido aún a España en una lista negra en la que sí figuran países europeos con mayor densidad de contagios y nadie sabe cuándo la lógica acabará con la medida de gracia. Podría ser mañana o el mes siguiente. Pero, aún si China sigue permitiendo los vuelos desde España, los requisitos evolucionan y siempre a peor. Ha bajado de 72 a 48 horas el tiempo que exige entre la PCR, el alud de positivos importados con un resultado negativo ha justificado otro test adicional de anticuerpos IGM y los vuelos con escalas han quedado en la práctica descartados. «No sabes cuándo volverás ni cómo. La vacuna está a la vuelta de la esquina, podemos esperar un poco más», señala Manuel. 

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«Las posibilidades de que China cierre la puerta otra vez son altas», juzga Helena, profesora de castellano. «Es un riesgo que sólo asumes si es imprescindible, muchas empresas no pueden permitirse que su trabajador se quede otro año varado en España», añade. A la inquietud del regreso se añade el de la salud. «Si vas en Navidad es para ver a gente. Mis padres llevan ocho meses enclaustrados en casa y yo estaría entrando y saliendo cada día, sería muy imprudente ponerles en peligro», juzga. 

No se escuchan reproches hacia China. Las barreras de entrada, junto a otros protocolos que superan en rigor a los adoptados en Occidente, explican que el país donde de originó la pandemia sea hoy el más seguro. Unas navidades en China, sin restricciones de movilidad interna y con restaurantes y bares llenos, se entienden como una factura razonable. 

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