En 1961, los encantos de una Jacqueline Kennedy de visita por París propiciaron que el cuadro de La Gioconda viajara a Estados Unidos para ser expuesto, no sin que antes los conservadores del Louvre se llevaran las manos a la cabeza. Diez años después, Japón lo volvió a pedir, y Francia no pudo negarse, a lo que los conservadores respondieron con una dimisión en bloque en señal de protesta. Su renuncia no fue aceptada, pero la exposición en el Museo Nacional de Tokio bien pudo acabar en tragedia cuando una mujer trató de rociar con un spray de pintura roja la insigne obra de Da Vinci.


















Más de 45 años después, la decisión del Museo del Palacio Nacional de Taiwán de ceder una excepcional –y delicada– obra de caligrafía a ese misma galería tokiota ha vuelto a causar un gran revuelo. En esta ocasión, quien ha puesto el grito en el cielo no ha sido ningún conservador ni curador de arte, sino los millones de chinos a los que todavía escuecen las atrocidades cometidas por los japoneses en su territorio en la primera mitad del siglo XX.

La pieza de la discordia es Réquiem a mi sobrino, del renombrado calígrafo Yan Zhenqing, quien escribió la obra en el año 759 tras conocer que el hijo de su hermano había muerto de forma violenta durante una rebelión. Durante siglos, el documento permaneció a buen recaudo en territorio chino, hasta que se lo llevaron las tropas nacionalistas, junto a otros centenares de obras de arte, en su huida a Taiwán tras su derrota frente a las tropas comunistas de Mao Zedong. Desde entonces, permanece en el Museo del Palacio Nacional de Taipéi, de donde sólo salió en 1997 para ser exhibido en la Galería Nacional de Arte de Washington.









'Requiem a mi sobrino', de Yan Zhenqing
‘Requiem a mi sobrino’, de Yan Zhenqing
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Su segunda visita al extranjero se produjo hace sólo unos días, cuando las autoridades taiwanesas decidieron prestar la pieza a Japón para que forme parte de la exposición Caligrafía incomparable: Yan Zhenqing y su legado. Lejos de suponer un motivo de orgullo, la noticia sentó como un tiro a miles de usuarios de la plataforma Weibo, una suerte de Twitter chino en el que muchos expresaron su enfado.


















“¿Ha olvidado Taiwán lo que nos hicieron los japoneses? ¿Saben lo que es la masacre de Nankín?”, escribió uno de ellos refiriéndose al negro episodio en el que se estima que las tropas invasoras niponas mataron en esta ciudad a 300.000 personas y violaron a miles de mujeres. “Esto es humillante. Esta pieza representa el corazón y el alma de China y la están enviando a Japón. Es un insulto para nuestros ancestros”, señaló otro ofendido.

El Gobierno de Pekín, que mantiene relaciones tirantes tanto con Japón –por su pasado colonial– como con Taiwán –al que consideran parte inalienable de su territorio pese a que funciona como un país independiente–, no se ha pronunciado formalmente. Eso sí, ha echado mano de medios oficiosos como el Global Times para expresar su preocupación por el riesgo de que la pieza se pueda estropear durante el traslado, además de hacerse eco de las protestas en las redes sociales chinas.

Nada más comenzar 2019, el presidente chino, Xi Jinping, instó a Taipéi a que acepte una reunificación pacífica con China. Si no, advirtió, Pekín se reserva el derecho al uso de la fuerza. Por su parte, la presidenta taiwanesa, Tsai Ingwen, rechazó los términos ofrecidos por Pe­kín. “El préstamo de esta obra de arte se ha visto envuelto en medio de todo esto”, apuntó el profesor de la Universidad Nacional de Singapur, Ian Chong, a la BBC.


















Desde el principio, han surgido voces tratando de atemperar los ánimos señalando que este tipo de intercambios es algo habitual y deseable entre galerías y que el Museo Nacional de Tokio siempre ha mostrado amor y respeto por la cultura china. Pero en este caso las emociones pesan más que las razones. “El problema tiene varias capas, como cuál es el lugar de Taiwán en relación con China o las tensiones chino-japonesas. Todos ellos son asuntos dolorosos, y sólo se necesita una chispa aleatoria para reavivarlos”, apostilló el académico. Puede que la cultura normalmente sirva para unir a los pueblos, pero parece que esta vez se va a quedar con las ganas.




















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