Ya se sabe que hay enemigos mortales y luego están los compañeros de partido. La frase es conocida e ilustra el tipo de relación que se da en los ámbitos de poder. También hay fraternidad y abrazos en las formaciones políticas, pero no en la cima. Allí no hay amigos, si acaso aliados. Y también los peores adversarios. Que le pregunten a muchos exdirigentes si su caída la propiciaron desde fuera o de dentro del partido.

La crisis definitiva entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón eclosionó la semana pasada, cuando se cumplen cinco años de la irrupción de Podemos en la política española, aunque la distancia personal viene de lejos y se suma a una larga lista de rupturas entre quienes un día fueron amigos. La ambición política es legítima, pero puede ser despiadada. Y en política todo se vive con intensidad.




















“Cuando los cielos se te resisten y sólo hay migajas que repartir, la fraternidad se esfuma”





“En épocas de tensión, cuando se impulsa un proyecto político o en una campaña electoral, o incluso en una travesía del desierto se crea un sentimiento de equipo muy fuerte que es difícil de encontrar en otros ámbitos. –apunta el consultor de comunicación Pau Canaleta–. Ahí hay un antagonista claro, el rival político, y se comparten muchas confidencias e información importante que la gente común no sabe. Cuando ese vínculo se rompe, por discrepancias o porque ha habido confrontación y hay un ganador y un perdedor, la decepción es mayor”.







¿Siguen siendo amigos?, le preguntaron hace unos días a Errejón, en la Ser, sobre Iglesias. “Me gusta pensar que sí, pero estamos en tareas que dificultan la conciliación de los afectos y a veces de las lógicas políticas y estoy orgulloso de que siempre que hemos tenido que elegir hemos elegido el compromiso con las ideas”, dijo. En el entorno de Iglesias, ahora de baja paternal, apuntan que está dolido y lo demuestra la frase “Íñigo no es Manuela”, con la que justificó que Podemos no competirá contra Carmena pero sí contra Errejón.


González y Guerra, en el Congreso de los Diputados, en 1986
González y Guerra, en el Congreso de los Diputados, en 1986
(JOSÉ CUADRADO / EFE)

















La ruptura de Felipe González y Alfonso Guerra es un ejemplo clásico de cómo el poder arrasa una relación personal. Íntimos amigos de juventud, González y Guerra tomaron el mando del PSOE en el congreso de Suresnes en 1974. Ocho años después, el partido ganó las elecciones y el tándem se mantuvo, hasta 1991, cuando Guerra dimitió por el escándalo del despacho de su hermano. Pero la relación con el presidente ya estaba rota. “Éramos amigos”, aseguró el propio Guerra, en una entrevista en 2013, con motivo de la última entrega de sus memorias. “Teníamos un depósito de confianza extraordinario”, añadió.

“En el poder no hay amigos, lo que hay son aliados. Se puede partir de una relación de amistad muy estrecha, pero si el objetivo es llegar a la cima, saben que el de al lado será una pieza descartable. Y lo saben desde el inicio”, reflexiona el psiquiatra Adolf Tobeña, en su libro Cerebro y poder. Es compatible un vínculo intenso de amistad con la convicción de que el otro será una pieza utilizable, manipulable, descartable, subraya Tobeña. “Siempre ha sido así y por eso es tan habitual la traición, porque no hay alianzas perennes en aquellos que aspiran al cetro”, añade.




















“Los liderazgos son efímeros y se ponen en duda, primero de forma sutil, luego evidente”





No es sólo una reflexión de los psiquiatras modernos, está en los griegos clásicos como Aristóteles y en los dramas de Shakespeare, en los que se relata la crudeza de la ambición política. Entre personas que forman una coalición estrecha, que además se basa en una amistad juvenil, siempre existe la percepción íntima de quién es el líder, aunque no se reconozca. Y si el segundo va a asaltar el poder deberá esperar a que el otro muestre una flaqueza.

“Los liderazgos suelen ser temporales, se desgastan y pierden fuerza y muchos factores los ponen en duda, primero de forma sutil y luego evidente –subraya Canaleta–. Eso favorece que otro se vea con fuerzas de intentar el asalto, influenciado por su equipo, que a menudo le dice sólo lo que quiere oír”. Ocurre incluso en liderazgos de segundo nivel, que acaban creyendo que tienen derecho a más y que, como si fuera un reloj vital, les toca.


En una relación de amistad siempre se sabe quién es el líder aunque no se diga





“Lo he visto tantas veces…, los motivos sentimentales en política son importantes y cuando chocan con la realidad brutal de que el poder es para uno y no para el otro, los códigos de amistad, que entienden del hoy por ti y mañana por mí, tienden a romperse”, subraya el consultor Luis Arroyo, presidente de Asesores de Comunicación Pública.


















Arroyo, que estudió Ciencias Políticas y Sociología en la UCM, como Iglesias y Errejón, apunta que en aquellos años la facultad de Somosaguas era “un fortín de ideas revolucionarias”. “En aquel ambiente asambleario, de largas jornadas de tejer estrategias comunes, se crearon lazos similares a los de Guerra y González, pero luego el juego de lealtades cambia”, asegura.

Cuando se tiene una causa común por la que luchar, el famoso ‘asalto a los cielos’ de Podemos, las tensiones se alivian, afirma Arroyo. “Pero cuando ves que los cielos se te resisten y hay que empezar a repartir… la política es terrorífica, si hay para todos, encantados, pero si lo que se reparte son migajas, la fraternidad desaparece. Cuando las cosas van mal, el número dos empieza a pensar que él lo haría mejor”, dice.

No hay espacio para todos. “Muchos jefes de gabinete sobreviven porque entienden la relación de subordinación aunque tengan amistad con su jefe o se consideren más listos que él. Pero entre dos líderes…”, apunta este consultor, que detalla que Pedro Sánchez tampoco mantiene la amistad con los tres o cuatro amigos que le acompañaron en la toma del PSOE. “Zapatero y Jesús Caldera también empezaron juntos y tardaron tres o cuatro años en separarse en cuanto llegaron al poder. Y Rajoy y Aznar, ¡cómo acabaron!. Es así siempre”, constata.




















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