El que fue presidente de la Generalitat entre 2003 y 2006 y alcalde de Barcelona de 1982 a 1997 cumple este miércoles 80 años, apartado de la vida pública a causa del Alzhéimer, mientras su figura es reivindicada desde distintas sensibilidades políticas. Luis Mauri, Jordi Mercader y Montserrat Tura ofrecen tres puntos de vista que valoran su trayectoria política desde el contexto actual.

Los espiritistas de Maragall

Luis Mauri

Periodista y biógrafo de Pasqual Maragall

Hay actos mínimos reveladores. Anochecía un sábado del invierno o de la primavera de 1985. El joven alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, había acudido a una reunión socialista en Igualada. Un periodista jovencísimo del extinto ‘El Noticiero Universa’l, un aprendiz, le había seguido hasta allí en busca de la confirmación de una información sobre el estado financiero de los transportes municipales de Barcelona. 

La calle estaba a oscuras cuando Maragall abandonó la reunión. El periodista le abordó en la puerta, donde estaban estacionados el vehículo oficial del alcalde y el de su escolta. Un agente abrió la puerta del coche al ver a Maragall. El periodista tuvo tiempo de lanzarle la pregunta cuando el alcalde ya se agachaba para entrar en su vehículo.

Maragall detuvo la flexión. Sonrió al muchacho y le dijo que, si había llegado a Igualada en coche, se volvería a Barcelona con él. Al escolta que sujetaba la puerta del vehículo oficial se le congeló en el rostro una mueca de alarma. Poca broma: ETA mató a 37 personas aquel año de 1985. ¿Quién era ese desconocido en cuyo coche acababa de entrar el alcalde sin avisar siquiera a su escolta? El coche se puso en marcha seguido a toda prisa por los dos vehículos oficiales. El periodista obtuvo la información que buscaba. Maragall le dijo que parara en la siguiente gasolinera y allí regresó al coche oficial. La escolta respiró.

¿Qué revelaba sobre Maragall aquel acto mínimo? ¿Un carácter empático? ¿Una curiosidad robusta? Pudiera ser. O no. Lo que revelaba sin duda es uno de los rasgos más pronunciados de Maragall: la heterodoxia. El rechazo a las normas y los corsés, excepto los que construían él y su círculo inmediato, por supuesto.

La memoria del ‘expresident’ no solo espresa de la enfermedad, también de los oráculos que dictan qué pensaría hoy

Maragall, uno de los dos políticos más importantes y carismáticos de la restauración democrática en Catalunya, cumple 80 años. Su memoria está secuestrada por el alzhéimer, pero no pesan sobre él noticias que puedan avergonzarlo. Este no es un dato trivial, visto el lodazal en el que han chapoteado durante décadas aquellos que se tiraron años denigrándolo. Borracho, chiflado… Aquel inspirado ‘foc de cam’p nacionalista.

Maragall es heterodoxia, sí. ¿Y qué más? Obstinación, sin duda. Una extraordinaria capacidad de persistencia. Carisma. Atracción por el filo del precipicio. Creatividad. Sorpresa. Solidez intelectual. Una afilada intuición política.

Maragall es un municipalista radical. ‘La ciudad es la gente’, fue su primer lema electoral, en 1983. La gente por encima del territorio que habita. El país como sistema vertebrador de ciudades y municipios. El principio de subsidiariedad que está en la médula de la Unión Europea: todo asunto debe ser resuelto por el nivel administrativo más próximo al núcleo del problema. Ninguna institución está más próxima al ciudadano que su ayuntamiento.

Maragall es una concepción progresista de Barcelona como capital de Catalunya, de España (una cocapital sede del Senado y de otras instituciones centrales del Estado), de la Europa mediterránea (la eurorregión que pregonaba 30 años antes de que se pusieran en marcha algunas sinergias similares en la vertiente atlántica). Una capital global en una España federal que comprenda y acoja a la nación catalana. El alma argumental del abuelo poeta.

Maragall es una Barcelona dignificada urbanísticamente, abierta al mar, equipada e iluminada con neón en el mapamundi merced a los JJOO de 1992. Una capital global. Y también muy cara. 

Margall es una Barcelona progresista, capital catalana, española y europea

Fue el mejor alcalde de Barcelona en al menos un siglo. No brilló con la misma luz como presidente de Catalunya. La deslealtad de sus aliados en el Govern, el desamor con su propio partido y los errores propios. El PSC afrontaba entonces un relevo generacional. Los capitanes territoriales pedían paso a los patricios fundadores, a quienes reprochaban un cierto desdén elitista. Lucha de clases de andar por casa.

La intuición que tanta envergadura política le procuró en la alcaldía (subsidiariedad, capitalidad, eurorregión, transversalidad política…) se retuvo al llegar a la Generalitat. O resbaló en el arco temporal. El empecinamiento en reformar el Estatut a destiempo y sin una fuerza parlamentaria suficientemente sólida desembocó en una cadena de acciones, reacciones y contrarreacciones que condujo hasta las puertas del ‘procés’. Lo que vino después fue frustración. Nostalgia de un futuro extraviado.

Maragall fue prolijo en la exposición y publicación de su pensamiento político. Pero su memoria sufre hoy una doble mortificación. La que le inflige la enfermedad y la que le imponen los espiritistas que pretenden dictar qué bandera levantaría hoy Maragall en esta Catalunya desencuadernada.

El sueño pendiente

Jordi Mercader

Periodista. Autor de ‘Mil dies amb PM’

Pasqual Maragall cumple 80 años, dos menos de los que tiene el presidente electo de los Estados Unido, Joe Biden. Sin embargo, el tiempo político del ex alcalde de Barcelona y ex presidente de la Generalitat se esfumó de forma abrupta y cruel hace más de una década al caer prisionero de Eisenwoher, el buen nombre que él mismo le dio a su enfermedad para no pronunciar el del doctor Alzheimer. El tribunal de la posteridad al que Camus temía porque en esta estancia cualquiera se cree juez dictará su sentencia cuando corresponda; a día de hoy hay que hablar de Maragall en presente aunque sea para echarle en falta y observar cómo su figura se agiganta y se reivindica. Maragall tenía un sueño. Lo expuso en su discurso de investidura como presidente: una Generalitat reconocida constitucionalmente como Estado (digo Estado, advirtió, no un Estado independiente); con una relación bilateral con el Estado central; con presencia en la Unión Europea y en las organizaciones internacionales; financiada correctamente y con fuerza para liderar económicamente la euroregión mediterránea. Para eso promovió un nuevo Estatut contra viento y marea. Conocedor del arraigo del recelo centralista a cualquier iniciativa catalanista, avanzó también su intuición: de persistir la tradicional ceguera estatal «el drama está servido».

Unos meses más tarde, cuando tantas voces se levantaron para criticarle la oportunidad de aquella propuesta de ambición federal, precisó sus temores: «El momento es ahora y no más tarde, porque en Catalunya la sucesión del nacionalismo de CiU por el soberanismo de ERC es cosa de pocos años…, luego se dará formalidad al desinterés por España». Pero no fue así y su sospecha de que aquella pudiera ser la última propuesta amiga que recibiera Madrid del gobierno catalán en una generación se está cumpliendo. El desastre: atrapados en el resentimiento, instalados en el desconcierto y el desgobierno, acomodados en dos bloques vigilantes, enemigos de la transversalidad, empecinados en la peregrina y peligrosa ilusión de que su media Catalunya vaya a imponerse a la otra media, ahora Maragall.

Hay que entender su espíritu federal, su devoción por los pueblos de España y su defensa de la Catalunya nación

«La buenas ideas nunca mueren» solía decir el Maragall optimista cuando se sentía incomprendido, a veces incluso ridiculizado por sus adversarios. Ahora él no puede alinearse con nadie y el maragallismo sin Maragall es una entelequia. Hay que leerlo, interpretarlo a la luz de las circunstancias actuales y tener en cuenta su espíritu inequívocamente federal, su devoción por los pueblos de España, su defensa inequívoca de la Catalunya nación y su batalla para obtener el reconocimiento de Barcelona como la otra capital española y una de las ciudades de referencia de Europa. Su programa está a disposición de quien se sienta con la fuerza para hacerlo suyo; a los interesados o interesadas solo se les exigirá pasión, inteligencia, obstinación, sobre todo liderazgo, y, si puede ser, una sonrisa enigmática que ofrezca calidez y audacia en las dosis justas para afrontar el riesgo.  

Pasqual Maragall: ganar jugando limpio

Montserrat Tura

‘Consellera’ de Justícia y de Interior en el gobierno de Pasqual Maragall

La planificación estratégica era su obsesión y la comunicación de corta distancia, su fuerte. Sin ser un orador excelente, su espontaneidad y expresión no verbal hace que te sientas llamado a participar del optimismo de los proyectos futuros, hace que depositen confianza, rezuma sinceridad.

Su sólida formación, la avidez insaciable por el conocimiento, la sencillez del hombre culto, lo convirtieron en alcalde empático, valiente, ingenioso. Barcelona tuvo un alcalde reconocido en todo el mundo por su capacidad de transformación de una ciudad en una década, pero antes de ser alcalde ya era un experto en economía urbana y explicaba el caso de Barcelona a través del precio del suelo en su tesis doctoral.

«Cada pam quadrat tendeix a a ser una obra d’artesania en aquesta ciutat sotmesa a tantes pressions; és la dictadura del pam quadrat. Ciutat densa, congestionada, cara». Y pese a todo, buscar y encontrar consensos entre vecinos, entre sectores económicos y entre líderes mundiales.

Algunos debates que se han querido presentar como confrontaciones personales tenían una fuerte carga ideológica. No quiso renunciar nunca a la mayoría pública de Holsa (consorcio olímpico) ni a que la presidiera un militante comunista, debate del trasfondo de las discrepancias con la Generalitat de entonces.

Su defensa del poder local, del papel de las ciudades, era apasionada y motivada. La defensa del municipalismo poderoso confrontado con el localismo del presidente Pujol, las referencias a la Liga Hanseática y la contraposición al nacionalismo de simbologías.

Sorprendía su agenda internacional, Havel, Prodi, Tabaré Vázquez, Sampaio, Mandela, Gorbachov …, y el entendimiento, no exento de dificultades con los vecinos del Turó de la Peira, las asociaciones de vecinos para la eliminación del chabolismo, los movimientos de ‘Aquí hi ha gana’ de los inicios de su mandato en los barrios de Ciutat Vella

Fue el alcalde cuyo municipalismo era el del barrio, la escuela y la sanidad, y el presidente que sostenía que las instituciones necesitan reformadores, no revolucionarios

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A todos y con todos aplicó el llamado municipalismo de zurcido: compaginar la ambición y grandeza olímpica con las actuaciones de regeneración urbana de los barrios pobres: monumentalizar la periferia, popularizó el concentrado de cultura del centro; fue capaz de implicar todo el movimiento cultural de la época en la promesa de implantación de instituciones culturales en el Raval

Era la etapa de la reivindicación de la subsidiariedad, del actuar con mirada global y poder local, de repensar el país. El alcalde con más éxito del mundo, carismático, indiscutible, que nunca consiguió mayoría absoluta en la ciudad pero no tenía miedo a los pactos. Eurocities, el C-6 con Toulouse, Montpellier, Zaragoza, Valencia, Palma; el presidente del Comité de las Regiones del organismo que por primera vez daba voz a las realidades locales en el seno de la UE.

En 1995, un tiempo difícil para el voto socialista, inició su campaña en Folgueroles, cuna de Mn. Cinto. Recorrió toda Catalunya en las campañas de otros municipios, sobre todo las que habíamos estado subsedes.

Estas son las razones que explican su discurso del día 20 de diciembre de 2003, cuando proclamaba: «Heus aquí un conseller en cap del Consell de Cent que sis anys més tard creuà la plaça de Sant Jaume. Sis anys més tard aquell alcalde entra al Palau de la Generalitat […] hem esperat cent anys, des de Solidaritat Catalana, des del pressupost municipal de Cultura 1906-1907. Demanem avui que les noves circumstàncies aquí a Catalunya, a Espanya, a Europa, al món, han de fer possible l’admissió de la nostra identitat, admeten els canvis estatutaris i constitucionals que ho han de reflectir. El nostre patriotisme és el patriotisme dels drets socials, el de la dignitat efectiva, reconeguda allà on compta, en el barri, en l’escola, en la malaltia, en la joventut orfe de reconeixement, en l’accés a l’habitatge, en la natalitat difícil, en l’envelliment prop de casa, en els sistemes de salut. […] Per poder fer efectiu aquest projecte de reconeixement i del desig dels catalans a ser nosaltres mateixos en tota la nostra pluralitat, ens proposem un camí que no serà fàcil i no serem nosaltres qui l’estroncarem».

Efectivamente, el camino no fue fácil. Aquel gobierno tuvo fuertes, poderosos enemigos, y a pesar del gran trabajo en la mejora de los servicios públicos, los enemigos se multiplicaron. El aznarismo había depositado un poso sólido que se incrustaba en las instituciones del Estado y el nacionalismo que había gobernado 23 años Catalunya lo desprestigió con todo tipo de medios, hasta el punto de pactar en la Moncloa un redactado recortado del Estatut si se le retiraba de la escena política.

Algunos medios de comunicación bombardeaban sin piedad y cualquier error (que los hubo) era presentada hipertrofiadamente.

«Hi haurà Estatut i haurà Maragall», se vio obligado a proclamar tras el acuerdo Zapatero-Mas.

Su concepto de lealtad institucional le abocó a la expulsión de ERC del gobierno después de su campaña contra un Estatut que habían insistido en impulsar.El sentido institucional, el prestigio, el rigor, la dignidad de la institución que presidía estaba por encima de todo, sobre todo por encima de cualquier cálculo personal de estrategias de tiempo en el calendario electoral o de persistir en un cargo que había perdido la mayoría parlamentaria.

Ahora que las prórrogas presupuestarias están de moda, muchos se habrían mantenido en el cargo, habrían alargado su estancia en Palau. El alcalde de «el meu patriotisme és el barri endreçat, l’escola lluminosa i la sanitat propera», el presidente de «les institucions no necessiten revolucionaris sinó reformadors, bons governants» no podía seguir ni un día más.

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Mi última conversación, de las muchas que tuvimos en su despacho de presidente de la Generalitat, versaba, como muchas veces, de las lecciones de nuestros grandes autores. Narcís Oller versus Angel Guimerà, prosperidad de la burguesía versus terratenientes contra pastores; y de Espriu y su ‘Primera historia d’Esther’ como testamento de un idioma. «

Exigent i cruel, la història emetrà el seu veredicte», decía cuando le imponían la medalla de President.

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