Las previsiones económicas de la mayoría de las instituciones están mejorando para España. Y aunque hay razones para el optimismo, también hay algunas sombras. En cualquier caso, la cuestión es cuáles son los indicadores que permiten medir eficazmente la prosperidad y el bienestar de las personas. Fernando Álvarez, director del Máster Universitario en Dirección de Empresas de la UOC, y José García Montalvo, catedrático de Economía de la UPF, disertan sobre estas cuestiones.

El Banco de España ha elevado recientemente su previsión de crecimiento de la economía española al 6,2% para este año, dos décimas más que el 6% apuntado en sus anteriores estimaciones de marzo, y augura que aumentará un 5,8% en 2022 y un 1,8% en 2023. las expectativas macroeconómicas son mejores pero no estratosféricas. Hay razones para el optimismo, pero no para la euforia desmesurada. Además, ¿es el PIB el mejor indicador para medir la prosperidad de un país?

¿Por qué le llaman economía cuando quieren decir bienestar?

Fernando Álvarez. Director del Máster Universitario en Dirección de Empresas de la UOC

Economía o salud. Ese fue el debate que se instauró en la sociedad durante la pandemia del covid-19, y que marcó muchas de las decisiones políticas que se tomaron en España y otros países. Alguna cosa debemos haber hecho mal los economistas si permitimos que en las sociedades avanzadas esa dicotomía sea posible. Y buena parte de la culpa está en el uso y la interpretación de determinados indicadores económicos. 

Antes de cómo medirla, debemos centrarnos en qué medimos. La economía de una sociedad desarrollada debería tener como finalidad garantizar el bienestar de sus ciudadanos. El nivel de renta, la riqueza y la posesión material pueden ser un medio, siempre y cuando persigan fomentar el bienestar de las personas. El razonamiento habitual pasa por pensar que el éxito de una economía está en la renta añadida que genera, por lo que las sociedades deben incrementar su nivel de actividad para así generar más riqueza y alimentar el círculo virtuoso renta-riqueza. De ahí que se considere al producto interior bruto (PIB), entendido como el valor de lo producido en una sociedad en un periodo de tiempo, como el indicador idóneo para medir la prosperidad de un país. Si el PIB aumenta, el país mejora y viceversa. 

La paradoja está en que durante el segundo trimestre de 2020, cuando en España se aplicó un confinamiento general y se redujo la actividad económica al mínimo, el PIB se contrajo alrededor de un 18%, pero los supermercados mantuvieron sus estanterías llenas e incrementaron su facturación. Las necesidades básicas seguían más que cubiertas, pero las noticias económicas insistían en resaltar la caída histórica del indicador económico, y lo comparaban con los datos de la Guerra Civil, como si se pudieran comparar tan distintas situaciones. De igual forma, tenía poco sentido hablar del histórico crecimiento del PIB del tercer trimestre de 2020 -que aumentó un 17%- mientras la mayoría de comercios estaban cerrados, miles de trabajadores en situación de erte y la pandemia muy lejos de estar controlada.

El planteamiento reduccionista, producir más para prosperar, debería quedar obsoleto. Puede ser válido en sociedades en vías de desarrollo que a duras penas pueden satisfacer sus necesidades básicas. Para ellas, aumentar el valor de lo que producen es la garantía de su subsistencia. Pero ese no es el caso de las sociedades desarrolladas, en las que más bien hay abundancia y exceso de bienes y servicios.

La prosperidad debería medirse por lo agradables que son las vidas de los ciudadanos

La prosperidad de una sociedad debería medirse por lo agradables y felices que son las vidas de sus ciudadanos, para lo cual debería situarse su bienestar en el centro. Y como bien sabemos, porque hay multitud de estudios que lo avalan, la brecha que separa la riqueza de la calidad de vida de las personas es cada vez más evidente. Disponer de mayores niveles de renta permite disfrutar de mayor satisfacción, pero a partir de un cierto nivel, mayor riqueza no aumenta la satisfacción con la vida. Sociedades con mayores niveles de renta muestran menores niveles de bienestar que sociedades con menores niveles de renta.

Existen algunos intentos de buscar indicadores más completos, como el ‘Better Life’ que elabora la OCDE, o el índice de desarrollo humano (IDH) de Naciones Unidas, pero las referencias que se hacen a estos dos indicadores son complementarias y quedan más bien como algo anecdótico.

Martin Seligman, investigador de la psicología positiva, en su obra ‘Flourish’ considera que el bienestar de las personas proviene de cinco ámbitos: emoción positiva, entrega, logros positivos, relaciones positivas y sentido. Por ello defiende que en las interacciones económicas se debe buscar la generación de rentas como un logro, pero dándole sentido a lo que se hace, fomentando relaciones sanas, pensando en los demás y sintiéndonos satisfechos.

Resulta mucho más fácil calcular indicadores de renta y riqueza que de bienestar

Es evidente que resulta mucho más fácil calcular indicadores de renta y riqueza que de bienestar. Y de tanto utilizar el concepto Estado del bienestar podemos creer que garantizar el bienestar está delegado en las políticas públicas y es responsabilidad de los estados. Por eso es tan necesario que desde la economía se haga pedagogía de lo importante que resulta priorizar el bienestar de las personas en cada una de las interacciones económicas. Seguir utilizando el PIB como referente y sin una acotada interpretación hace un flaco favor a la ciencia económica y la aleja del importante papel que puede jugar hoy en día: promover el bienestar de las personas.  

Macrooptimismo excesivo

José García Montalvo. Catedrático de Economía de la UPF

Las últimas semanas han sido prolijas en una nueva dolencia: el macrooptimismo congénito. En una de las sesiones del Círculo de Economía la presidenta del Banco Santander auguró, para sorpresa de la mayoría de los presentes, que la economía española crecería el 9 o 10 % en 2021. Pero no solo los empresarios parecen afectados por esta nueva dolencia. Algunos políticos también la sufren. Hace solo unos días el presidente del gobierno anunciaba que la economía española estaba creciendo al 18% en el segundo trimestre. Es cierto que este cálculo tiene trampa: si calculamos la tasa de crecimiento prevista para el segundo trimestre de 2021 sobre la del año anterior, que fue un periodo de confinamiento estricto, y lo elevamos al total del año como si este crecimiento se produjera en todos los trimestres, las tasas que salen son muy altas. Pero, aun así, hay que tener una previsión muy optimista para el crecimiento del segundo trimestre de 2021. Evidentemente en estas declaraciones hay un intento de transmitir optimismo y favorecer un estado de ánimo que pueda hacer realistas estas previsiones. 

Pero, ¿cuál es la visión de los profesionales y los organismos que hacen previsiones económicas? No hay duda de que el sentimiento económico está mejorando significativamente. Las previsiones de la mayoría de las instituciones están mejorando, aunque hay que recordar que habían empeorado hasta marzo por la intensidad de la segunda ola. Por ejemplo, en marzo la gran mayoría de las previsiones reducían el crecimiento de 2021 en 0,4 puntos respecto a dos meses antes y en 1,4 puntos respecto a la previsión de seis meses antes. Incluso en mayo la previsión del panel de analistas de Funcas reducía otro 0,1 la previsión de crecimiento del PIB. Por tanto, el optimismo se concentra en los últimos dos meses, coincidiendo con la aceleración de la vacunación. Las últimas previsiones de junio del Banco de España mejoran en 0,2 puntos frente a marzo, hasta el 6,2%, el crecimiento en 2021. Las previsiones de Funcas mejoran en 0,3 puntos hasta el 6%, en base a una mejora en el consumo privado y las exportaciones. Por tanto, las expectativas macroeconómicas son mejores pero no estratosféricas. 

La mejora del turismo es un dato positivo, pero ojo con la variante Delta

La mejora del turismo es un elemento importante para el optimismo. Pero las reservas y la llegada de turistas extranjeros todavía están muy por debajo de los niveles de 2019. Los últimos datos indican que las pernoctaciones de extranjeros representan el 36% mientras que en 2019 alcanzan casi el 70%. La situación turística está todavía muy condicionada por la evolución de las diferentes variantes que van apareciendo. La variante Delta está provocando retrocesos en la apertura de países como Portugal, Australia o el Reino Unido. Si los cierres se extienden, o se vuelven a generalizar estrictos requisitos para viajar, el sector turístico puede verse muy afectado.

En todo caso, la confirmación de la mejora en el crecimiento depende, en gran medida, de qué proporción del aumento del ahorro que se produjo durante 2020 se traduzca en consumo. Sin duda, hay una parte del ahorro embolsado que se consumirá, pero no está claro qué proporción de dicho ahorro ha pasado a considerarse riqueza y, por tanto, se invertirá y qué parte seguirá estancada ante las incertidumbres que todavía existen sobre la recuperación del empleo. Todavía hay más de medio millón de personas en erte a pesar de la aceleración del ritmo de contratación. La tasa de desempleo oficial está en el 16% pero la tasa de desempleo efectiva (contando los ertes como desempleados en lugar de ocupados) se sitúa en el 19,5%. En este sentido las previsiones del Banco de España parecen demasiado optimistas situando el desempleo en el 15,6 % en el escenario base y el 16,2% en el peor escenario. La realidad se acercará más al 16,5%.

Los fondos ‘Next Generation’ son la esperanza; habrá que ver cómo se utilizan

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La gran esperanza sigue siendo la contribución al crecimiento de los fondos ‘Next Generation EU’. Sin considerar los préstamos, el impacto sobre el crecimiento podría alcanzar de media un 1,8% entre 2021 y 2023, según el Banco de España. Pero también en este punto existen claras incertidumbres. España no ha sido un ejemplo de eficiencia en la utilización de este tipo de fondos en el pasado. Lo que conocemos sobre el procedimiento de asignación de proyectos no despejan las incertidumbres. Y la insistencia en mecanismos, como la garantía juvenil, que mostraron su ineficacia en el pasado, no permite albergar grandes esperanzas. 

¿Hay razones para el optimismo? Sí, comparado con las expectativas que teníamos hace unos meses. Lo que no hay es una justificación para un macrooptimismo desmesurado

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