El precio medio de la electricidad el pasado enero en el mercado mayorista fue un 46% más caro que un año antes y un 15% superior al promedio de los últimos cinco eneros, a pesar de que la demanda sólo creció un 1% y que las renovables representaron el 52,3% de la producción en ese mes, según datos de REE.

El Gobierno puede bajar el precio de la luz. Lo hizo, entre un 2,5 y un 4%, en octubre de 2018 cuando suspendió por seis meses la aplicación del impuesto del 7% a la generación eléctrica. También dice que lo rebajará un 13% cuando entre en vigor el anunciado Fondo Nacional para la Sostenibilidad del Sistema Eléctrico que saca de la tarifa los costes de las primas a las renovables y los reparte entre todo el sector energético. Además, también puede ajustar a la baja el tipo del IVA, como hacen otros países de la UE.

La tarifa eléctrica es la suma de tres grupos de costes: los de suministro (generación, transporte y distribución) que representan un 56% del total; los costes de las medidas de política energética que se cargan en la tarifa, pero podría no hacerse (como el FNSSE citado) y que suman un 24% del total y los impuestos que agregan otro 20%.

El precio medio del MWh se ha mantenido estable, con una ligera tendencia decreciente, durante los últimos siete años. Lo más destacable es que las fluctuaciones experimentadas, como las de enero pasado, están vinculadas a la evolución del precio internacional del gas. Es decir, el peso creciente de las renovables en la generación eléctrica, donde aporta ya cerca del 45% en promedio, no se está traduciendo en una reducción significativa del precio medio. De momento y salvo episodios puntuales en los que toda la generación es renovable y el precio puede reducirse hasta los 1,42 euros, como ocurrió el último día del pasado enero. Pero no es lo normal, a ese precio no serían rentables las inversiones y, por eso, el precio medio de 2019 (el último año sin el efecto pandemia) fue de 47,71 euros MWh.

Conviene diferenciar capacidad instalada y generación efectiva de electricidad. Las tecnologías renovables tendrán mayor capacidad instalada que generación media anual ya que a veces no sopla el viento, el sol es poco intenso o el agua escasea. Entonces, como la demanda de electricidad no disminuye, hace falta una fuente no renovable de respaldo que cubra esos huecos. Por otro lado, cuando hay mucho viento y mucho sol, se genera más electricidad de la que puede absorber el mercado en ese momento y, hasta que no sepamos como almacenarla, se tiene que exportar, utilizarla para hacer bombeo de agua o se “desperdicia”.  

Las energías renovables no son, pues, de fácil gestión a la hora de asegurar la continuidad del suministro eléctrico. Por ello, aprobado un calendario de cierre de las nucleares y casi eliminado el carbón, solo queda el gas como principal respaldo, por lo menos, hasta que avancen otras tecnologías como el hidrógeno o el almacenamiento. Esto es relevante porque la clave de bóveda de toda la llamada transición ecológica consiste en incrementar los usos de energía eléctrica (frente a la gasolina y derivados) y llegar a una generación de esta electricidad con tecnologías totalmente renovables (salvo el respaldo necesario del gas).

¿Cómo afecta esto, al 37% del coste total que representa la generación? El precio se obtiene en el llamado “mercado marginalista”, de regulación europea. Sin embargo, carece de todas las características de lo que se define en economía como mercado marginalista: no hay miles de empresas compitiendo (es un oligopolio), no hay costes tecnológicos similares (la nuclear no cuesta lo mismo que la eólica o el gas), ni tampoco el precio se fija por el coste marginal más reducido, sino por el más caro en entrar en el mercado. Además, el comprador está cautivo porque no puede decir: hoy no compro electricidad que está muy cara, me espero a mañana.

Si hay una demanda de 100 y las renovables solo cubren en ese momento 70 a un precio x, tiene que entrar en el mercado la nuclear (por ejemplo) ofreciendo 20 a precio x+2 y se recurre al gas que ofrece los 10 restantes a un precio 2x. Entonces, este último será el precio del mercado que cobrarán todos lo que permite que, en este caso, las renovables y la nuclear obtengan unos sobre beneficios “caídos del cielo”.  Más allá de las puntas extremas, esta es una situación bastante normal a lo largo del año. Lo cual, a pesar de la labor de los organismos supervisores, ofrece incentivos perversos a aquellas empresas que disponen en su oferta plantas de diferentes tecnologías y costes, que les permite “regular” su mix energético ofrecido en un momento dado, para maximizar sus beneficios. El pasado enero, por ejemplo, la hidráulica ha sido la tecnología que durante más tiempo ha marcado el precio marginal y lo ha hecho con oscilaciones que van desde los 121,14 euros/MWh, hasta los 0,58 y, en promedio, ha sido un 42% más cara que el mes anterior, sin que haya una explicación basada en alteraciones en el coste del agua. Con esta lógica de funcionamiento y una demanda inelástica, es evidente que el “mercado” está diseñado mirando más los beneficios de las empresas, que abaratar el precio al consumidor.

Se ha presentado propuestas para cambiar la regulación de este “mercado eléctrico” diseñado cuando el peso de las renovables era mucho menor. En el Libro Blanco de la Generación Eléctrica de 2015 ya se proponía pagar a cada tecnología por su coste, en vez de a todas por el coste más alto representado por la última en entrar en el mercado. De lo contario, por ejemplo, la reciente subasta de renovables fijando un precio mínimo de venta, si bien da garantías de beneficios a los inversores, no evita que el precio pueda ser muy superior al fijado en esta subasta, que tampoco está obligada a canalizarse por fuera del mercado a través de contratos estables a largo plazo con comercializadores (PPA).

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La reforma del mercado eléctrico es, pues, imprescindible para rebajar el precio a los consumidores. Al menos, así queda recogido en el Acuerdo de Gobierno entre PSOE y Podemos donde su punto 3.2 dice: “Impulsaremos la elaboración de normas legales necesarias para reformar el mercado eléctrico, de forma que la reducción progresiva del coste de las energías renovables se traslade al precio de la energía (…) y para acabar con la sobrerretribución que reciben en el mercado mayorista determinadas tecnologías”. La misma idea se encuentra en el Programa Electoral del PSOE: “Reforma del mercado eléctrico de forma que favorezca el traslado a precios de los menores costes de las renovables”. Dicho de otra forma, hasta que no se realicen estos cambios en la regulación del mercado no estará asegurado que los menores costes de las renovables se trasladen en menores precios para los consumidores. Esa es la cuarta herramienta de que dispone el Gobierno para rebajar la tarifa eléctrica. Sin postureos infantiles sobre absurdas nacionalizaciones de empresas cuyo principal accionista ya es, por cierto, el estado, aunque, en este caso, el italiano. Hay soluciones sensatas. Sí se puede. Ahora bien, ¿se quiere?

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