En el cementerio de El Pardo-Mingorrubio, solo turban la quietud los motores de los buses madrileños aparcados en la puerta, última parada de la línea 601, en la que los chóferes mantienen el ralentí para no perder calefacción.

El recinto está abierto de 10 a 17, franca la puerta para cualquier visita, «no más de tres al día entre semana», aclara un barrendero, único transeúnte cotidiano del lugar.

Al entrar, a la izquierda, descansa Franco. El portalón y el soportal de ese panteón de hierro, cristal y granito están llenos de suelo a techo de banderas rojigualda, pegatinas, estampitas religiosas, flores de plástico y emblemas militares; hasta un águila bicéfala de los Austrias. Pero toda esa imaginería no se desparrama ni un centímetro más allá del espacio que se considera privado.

No se han cumplido las peores previsiones del Gobierno en torno a la exhumación de Franco: protestas en el Valle de los Caídos o en Mingorrubio, o que el nuevo enterramiento acogiera actos de exaltación «de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura», como dice la Ley de Memoria Histórica.

Pero, como admitían en el otoño de 2019 asesores de la entonces ministra de Justicia Dolores Delgado, el franquismo ha terminado convirtiendo la nueva tumba en un altar; casi sin fieles, pero altar.

Menos policía

El lugar tendrá este 20 de noviembre «presencia uniformada policial», confirman fuentes del Ministerio del Interior. La Policía también ha activado un dispositivo en labores de información.

Llama la atención la acumulación de logos militares en la tumba. Los hay de la Legión, de la Brigada Paracaidista, de Infantería, de Artillería, de la Agrupación de Reserva y Seguridad de la Guardia Civil y hasta de la poco castrense Policía Nacional.

«Nunca se pensó una presencia policial permanente en la tumba de Franco», dice Interior

En Interior no comentan ese abuso de emblemas públicos, pero sí la ausencia de policía en el cementerio los días que no son 20-N: «Nunca se pensó mantener presencia permanente».

En el verano de 2019, la tensa negociación del Gobierno con el representante de los Franco, el abogado Felipe Utrera Molina, incluyó la exigencia de la familia de que se custodiara el lugar para que no profanaran la tumba.

Y al comienzo fue así. Una patrulla de la Policía vigiló el cementerio los primeros días. Pero la ausencia de incidentes inclinó a la Jefatura de Madrid a «no dedicar más recursos fijos» al punto. Ahora esa vigilancia, salvo el 20-N, la realizan las patrullas de Seguridad Ciudadana pasando de vez en cuanto por allí.

Barrio rojigualda

Las banderas proliferan hoy mucho más en los balcones de El Pardo que el 24 de octubre de 2019, cuando se exhumó a Franco y sus restos llegaron a ese distrito de Madrid. Es por el covid, que ha sembrado de enseñas otras muchas ventanas de la ciudad.

Un detalle de la imaginería que decora la tumba de Franco en el cementerio madrileño de El Pardo-Mingorrubio. / DAVID CASTRO

El Pardo sigue siendo un lugar muy rojigualda. Hay allí cuarteles del Ejército, la Guardia Civil y la Guardia Real. Soldados haciendo jogging flanquean al visitante por las aceras, entre alamedas y casas construidas en la posguerra por la Dirección General de Regiones Devastadas.

En la calle de los Caballeros, en el bar la Pepenúltima, el vecindario ha colocado en la fachada banderas de España, un estandarte púrpura de Felipe VI con las siglas V.E.R.D.E. (Viva El Rey De España), otro de la orden militar de Montesa, la cruz de Borgoña y un águila bicéfala e imperial.

Dentro desfilan la morcilla frita y el chorizo asado bajo una cartelería especial: un cartel de «disfrutará un montón comiendo pementos (sic) de Padrón», un diploma concedido por la Guardia Civil a Rosita, la dueña, por cumplir con disciplina el confinamiento de marzo, y una bufanda roja y amarilla con el letrero: «Esto es España y a quien no le guste que se vaya». 

Rosas rojas

El martes 17, en la mañana siguiente a que los gobiernos húngaro y polaco vetaran el fondo de recuperación de la UE, la Iglesia celebraba a la solidaria santa Isabel de Hungría. Y los benedictinos que aún viven en el Valle de los Caídos la recordaban en su cotidiana misa de once en lo más hondo de la basílica excavada en la roca. Cooficiaron cinco frailes y el prior Santiago Cantera, cuatro monaguillos con mascarillas negras y los niños de la escolanía cantando de fondo.

Era martes, primer día laborable en que es visitable el enterramiento de 34.000 muertos de la Guerra Civil. Se iniciaba la semana previa al 20 de noviembre, el momento en el que solía calentar motores la Fundación Francisco Franco convocando a recordar el óbito de su mentor. Este año, el arranque ha sido la tradicional publicación de un recordatorio entre las necrológicas del ABC, el domingo 15. Solo que al lado del recuadro del general salió esta vez el obituario de Peter Stutcliffe, el destripador de Yorkshire.

Misa en la basílica del Valle de los Caidos el pasado martes 17. / EL PERIÓDICO

Al arrancar la semana, al pie del altar de la basílica, en la lápida de granito de la tumba de José Antonio Primo de Rivera han aparecido colocados tres ramos de rosas rojas, cinco por ramo, en pura ortodoxia falangista. Tras la misa nada, ni siquiera las miradas de la escasa concurrencia, se posaba sobre el mármol negro vizcaíno que, al otro lado del altar, tapa desde hace 13 meses la antigua fosa de Franco.

Apenas una docena de fieles oía las preces, una de ellas para que «se preserve el destino de España bajo la protección de la santa Iglesia y de su santa ley y con la intercesión de los beatos cuyas reliquias custodiamos», leyó el concelebrante.

La siguiente rogativa, común en todas las misas de aquella enorme tumba, fue «por los caídos, para que descansen eternamente y su recuerdo preserve la paz entre los españoles».

Hasta 40 guardias

Ya antes del confinamiento la Guardia Civil redujo la vigilancia de Cuelgamuros. Ahora hay solo un destacamento, una pareja de la casa-cuartel de San Lorenzo de El Escorial, si bien fuentes de la Comandancia de Madrid aclaran que para este 20-N la vigilancia se incrementa en previsión de incidentes. La Falange ha convocado a sus seguidores a enseñar los dientes ante los planes de exhumación de su fundador.

El instituto armado llegó a desplegar 40 agentes en la seguridad perimetral y el recinto durante los días previos al traslado de Franco. El dispositivo creció en octubre de 2019 según se acercaba la jornada histórica.

En la comandancia de la Guardia Civil de Madrid aseguran que hoy el valle está en «calma absoluta». La Benemérita no ha registrado ningún incidente, aparte de los ya conocidos en fechas previas a la exhumación, pequeñas protestas a las puertas del Valle encendidas por franquistas que exigían: «¡Queremos ir a misa!».

Las mismas fuentes descartan incluso que esta vez se repita la salva de 21 cañonazos –en realidad 21 cohetes de txupinazo– que dos miembros de la extrema derecha lanzaron desde un roquedal cercano el año pasado para honrar al dictador.

Cierre casi total

Detrás de la gran cruz está cerrada a cal y canto la hospedería de los frailes, y se secan los pinillos en las macetas de la puerta de su restaurante. El Gobierno aprovechó el confinamiento para mantener echado el cerrojo. En el convento aledaño, sus moradores siguen sin recibir fondos públicos hasta que Hacienda considere justificados sus gastos. Solo un ensimismado jardinero de Patrimonio Nacional recorre la explanada, arrinconando las hojas secas con su soplador.

En la puerta de la basílica del Valle está cerrada la tienda de recuerdos. Tras el cristal lucen belenes, chapas, camisetas de los «Reales Sitios» y santascruces de sobremesa.

La tienda cerró en marzo, por el covid, y no ha vuelto a abrir. Ha ocurrido lo mismo en otros monumentos. Los trabajadores de Patrimonio y los vigilantes de la firma CMM Guard se encogen de hombros: la tienda no es pública; fue externalizada a Palacios y Museos, filial de Aldeasa, privatizada y hoy propiedad de World Duty Free Group, de la familia Benetton.

Un aire de provisionalidad se adueña del solitario Cuelgamuros. No funciona el funicular que subía a la cruz, ni están abiertas las cafeterías. «Está cerrado todo -dice un portero-. Solo hay un aseo abierto, y porque lo manda la ley, que si no…»

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