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Después de un ciclo bautismal de tres álbumes asociados cada uno a una estación del año, Bon Iver parece haber llegado a la época que mejor expresa el estado de ánimo latente en su música, el otoño, con sus melancolías y sus neblinas. Una vez más, con su nuevo disco, ‘i. i’ (publicado por sorpresa en su versión digital y que verá la luz en formato físico el 30 de agosto), nos mete en una secuencia de música turbia y rica en claves jeroglíficas, insinuaciones y simbolismos; canciones interpretables como compendio de sus logros de todos estos años.

Ampliando la imagen, tenemos a un Justin Vernon, ideólogo mayor de Bon Iver, que en el 2007 se abrió paso como cantautor indie-folk con un debut, ‘For Emma, forever ago’, que definió una de las corrientes de la música alternativa del siglo XXI. Su estilo de trovador impresionista, con aura espiritual, fue convergiendo con la microelectrónica, los clicks & cuts, los ritmos de hip-hop, los ‘samples’ y las voces procesadas en el tránsito del segundo trabajo, ‘Bon Iver’, al laureado (dos Grammy) ’22, a million’, del 2016. Y en ese lugar, o en la suma de todos ellos, se ha quedado en este ‘i. i’, un disco en el que se recrea en su idea de belleza fragmentada, a la que uno llega disfrutando de herramientas y recursos plásticos utilizados para hacerla más enigmática.

Disco más colectivo

En ‘i. i.’, Bon Iver es menos el proyecto personal de Vernon y más una casa con las puertas abiertas: nunca los créditos de composición habían sido tan compartidos. Ya en ‘iMi’, la segunda pieza, irrumpe la firma y la voz de James Blake, quien contó con Vernon en su disco ‘The colour in anything’ (2016). Aquí, funden sus voces desde una distancia imprecisa, tirando de falsetes robóticos sobre tejidos electrónicos y sección de viento.

Arquitectura sonora sibilinamente elaborada, que esconde el capital emocional de un modo que cuando uno da con él la recompensa es mayor. Vernon transmite desde las antípodas del cantautor transparente al que oímos la respiración. Y moviéndonos en ‘tempos’ ralentizados y climas minimalistas, atravesamos el corazón del disco, ‘Hey ma’, desamparada en su evocación de un oscuro episodio familiar.

La críptica calidez de ‘Naeem’ y ‘Faith’, momentos álgidos, conviven con canciones de corte más clásico: la cuña ‘piano man’ de ‘U (Man like)’ (con  el veterano Bruce Hornsby) y los vestigios del trovador que fue en ‘Marion’. Al final, en ‘Salem’, se abre la válvula y Bon Iver deriva hacia la mística de U2. Atalaya buscada de un álbum de reafirmación y contemplación. Vernon asienta a Bon Iver con una mano mientras, con la otra, curiosea en nuevos caminos con su aventura paralela Big Red Machine (con Aaron Dessner, de The National). A la espera de cuáles serán sus nuevos retos, disfrutemos de la encrucijada con esta sugerente canción de otoño.

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