• El territorio perdió su campo histórico en 1985 con la transformación urbanística del barrio y ha mantenido estoicamente la institución hasta lograr la nueva instalación

  • Después de tres décadas jugando de prestado en los campos del Bon Pastor y La Trinitat, el club de tercera catalana estrena estadio de césped artificial

Aquello de jugar a fútbol en un campo de patatas aquí era literal. Bien, de patatas, no; en concreto eran coles. Al menos así lo describe Antoni Hernández, socio número uno del Club de Fútbol Besòs del Baró de Viver. Recuerda también que fueron los vecinos los que lo limpiaron y convirtieron en terreno de juego. Lo explica sin épica, pero con emoción; a sus 88 años, sentado en su silla de ruedas en una de las mesas del local social del club. Recuerda también aquellos domingos en los que “las mujeres dejaban la olla en el fuego” y todo el barrio salía al campo a ver el partido. De pie, claro. Era un campo abierto, sin gradas. Salían, que no bajaban, porque por aquel entonces Baró de Viver era una barriada de casitas bajas, como las del Bon Pastor o Can Peguera, levantadas en 1929 para acoger a la mano de obra llegada a la capital catalana para la Exposición Internacional.

En el local social conservan y exhiben con orgullo, además de decenas de copas y trofeos de todos los tamaños, fotos del viejo campo, en el que los jugadores perseguían el balón con ‘espardenyes’. Jugadores como Enric Elvira, a sus 96 años el futbolista vivo más veterano del club; incluso más que la propia institución, ya que él jugaba en el Besòs (fundado en 1949), cuya fusión con el Baró de Viver (fundado en 1955) dio origen al actual Club de Fútbol Besòs del Baró de Viver, creado en 1964 y que acaba de estrenar campo después de 35 años sin poder jugar en casa.

Ninguno de los dos ha podido entrar todavía al nuevo y peleadísimo estadio por las restricciones de acceso por la pandemia, pero a ambos se les ilumina la mirada sobre la engorrosa mascarilla al hablar de él. Solo con imaginarlo. Un campo de césped (artificial, pero césped), con una grada para 300 espectadores, tan bien iluminado y, sobre todo, un campo propio; en el barrio, después de haber tenido que jugar más de tres décadas de prestado, desde que en el año 1985 el terreno de juego original desapareciera con las casitas bajas para dar paso a los actuales y característicos bloques de obra vista alrededor de la plaza desde la que hablan. “Nos ha costado mucho llegar hasta aquí. Nos dijeron que no teníamos nivel para que nos hicieran un campo”, señala sin esconder su rabia Lluís Vendrell, secretario del club, quien insiste en que si hoy tienen campo es porque ERC lo puso como uno de los 17 requisitos para aprobar los presupuestos municipales del 2015.

Durante la larga travesía por el desierto han mantenido casi como un milagro el equipo sénior, actualmente en Tercera Catalana. De hecho, desapareció durante algunos años, pero la tenacidad y el amor de estos hombres por el club logró resucitarlo y mantener la llama hasta la llegada del esperado y peleado campo. Jugaban los partidos en los campos del Bon Pastor o en la Trinitat Vella, en función de la disponibilidad, y entrenaban, por épocas, en el Clot de la Mel o en el Agapito Fernández.

Ilustres socios, directivos y exjugadores en el nuevo campo.

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JORDI COTRINA

Este curso, pese a a ese aniquilador de planes llamado coronavirus, el CF Besòs del Baró de Viver tiene siete equipos. Los niños del barrio al fin pueden entrenar en el barrio; jugar (cuando el covid lo permita) con su club. La intención municipal -el campo lo ha construido el Ayuntamiento de Barcelona en el marco de las actuaciones del plan de barrios en el Eje Besòs– es promover el uso del equipamiento con actividades con los colegios de la zona por las mañanas; que el equipamiento juegue un papel de dinamización de la actividad deportiva del territorio, en coordinación con el mítico Club de Lucha.

«El más guapo del Besòs»

Enric tiene serios problemas de oído y las mascarillas no ayudan, pero habla con mucho cariño de aquellos tiempos. «Yo era el más guapo del Besòs”, bromea el extremo, que cuenta que jugó en todas las posiciones «menos de defensa». El exjugador, jubilado de la Pegaso, entonces la Hispano Suiza, trabajaba con el padre de Lluís, uno de los hombres que más ha peleado para que el nuevo campo, levantado frente a La Maquinista, sea una realidad, tras años de promesas incumplidas. Antoni, jubilado de Aigües de Barcelona, a quien Lluís también abraza como a un padre, cuenta que le dijeron que no se preocupara, que en el 2004 tendría el campo. «En realidad la primera vez me dijeron que lo tendríamos en 1998«, se corrige quien también fue entrenador de los veteranos. El club es casi como una familia y aquí todos han hecho de todo.

Antes de la pandemia, los veteranos se reunían todas las tardes en el local a hacer la partidita y a recordar victorias y derrotas. Un local que también han recuperado recientemente, hace cuatro años, cuando este ayuntamiento les cedió unos bajos de la plaza. El espacio, ahora cerrado por fuerza mayor, al que han entrado esta tarde excepcionalmente para hablar con EL PERIÓDICO, está forrado de fotografías en blanco y negro. Imágenes como la del mismísimo Kubala con Paquito, «hijo del barrio», le presentan. La foto más grande, por eso, está al fondo de la sala. Se trata de una imagen aérea, también en blanco y negro, en la que se ve íntegramente el barrio original con su campo.

Pese a los 35 años en barbecho, Lluís repasa la cantidad de jugadores que han salido del barrio. De Rubén Alcaraz, jugador que, tras pasar por varios equipos ha acabado en el Valladolid, ¡en Primera División!, al portero José Miguel Morales, «ganador de tres Copas Catalunya«, subraya desbordante de orgullo de barrio.

170 socios militantes

Juan Moyano es otra de las almas del club, donde ha hecho casi de todo, como sus compañeros. Entró como cadete y acabó como entrenador. «Llevo toda mi vida vinculado al equipo, donde hemos vivido épocas de ascenso que nos han llenado de alegría, y de descenso que nos han llenado de pena. Era duro cuando nos tocaba ir a jugar a Tarragona o a Lleida. Las carreteras de antes no eran como las carreteras de ahora. Llegábamos al barrio el domingo a medianoche y el lunes a las seis de la mañana te tenías que ir a trabajar«, comparte Juan, para quien, sin duda, el recuerdo más bonito fue el día que subieron a Primera Regional. «El primer ascenso fue algo impresionante», señala el hombre, resignado, como todos, por no haber podido celebrar todavía la inauguración del nuevo campo por culpa de la pandemia. Las obras del campo, en las que el consistorio ha invertido 2,8 millones, finalizaron en agosto

«Ahora somos unos 170 socios, pero en la época buena, en los 80, fuimos unos 300«, añade Manuel Martínez, presidente del club, el más crítico con algunos de los acabados del nuevo campo. Son 170 vecinos fieles la institución, que siguieron pagando durante décadas pese a no poder ir a los partidos. «Bueno, aunque debemos ser el club más económico de Catalunya. pagamos 20 euros al año«, apunta el secretario. 

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Operación contra el aislamiento

Además de saldar una deuda histórica con el territorio, desde el consistorio señalan que la construcción del estadio buscaba también acabar con el aislamiento físico del barrio; uno de sus principales problemas. El Baró de Viver está encajonado entre el río Besòs, la vía del tren, el nudo de la Trinitat y el polígono industrial. «Era una oportunidad de dar continuidad a la trama urbana; de unir de otra manera el Baró de Viver con la Maquinista. Ahora hay toda una fachada por la que puedes moverte de un lugar al otro donde antes había una zona de aparcamiento; un espacio que daba una sensación de mucha más inseguridad», resume Miquel Àngel Lozano, jefe de proyecto del plan de barrios del Bon Pastor y Baró de Viver. Otra actuación, también en el marco del plan de barrios, para reducir ese aislamiento son las obras en la calle de Caracas, vía que les une con el vecino Bon Pastor. Una calle en pleno polígono industrial por la que antes, según cuentan las vecinas -protagonistas de una marcha exploratoria para detectar las necesidades urbanísticas del territorio con mirada de género– daba miedo pasar. Se ha mejorado la iluminación, puesto una parada de bus en el centro, para acercar a las trabajadoras de las naves a su puesto de trabajo, y semáforos para reducir la velocidad de los coches.

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