En apenas cuatro días, al Barça le han quitado el balón y hasta ese estilo que le hizo singularmente único. En los últimos cuatro días, quedó colocado ante el espejo de tal manera que se vio proyectada una imagen deforme de lo que fue hace un tiempo.

A veces, el destino también tiene escondidas caprichosas celebraciones. Horas antes de que se cumpliera el décimo aniversario del sextete, la obra cumbre del Barça de Guardiola que descubrió la eternidad con la conquista del Mundial de clubs para cerrar un 2009 perfecto, se debate hacia donde va ahora el equipo, que ha ido perdiendo las señas de identidad que le hicieron reconocible y admirado.

Cuatro días y dos empates (Real Sociedad y Real Madrid) no resultan una situación ni mucho menos dramática porque, además, el equipo de Valverde sigue liderando la Liga además de haber entrado con autoridad en los octavos de final de la Champions, sobrándole incluso un partido, a pesar de estar encuadrado en el grupo de la muerte.

«No hemos sabido salir de la presión alta de ellos, eso genera una situación de inestabilidad porque no estamos acostumbrados a que suceda» (Valverde) 

Zonas neutras

Duele más constatar de que el Barça, que solo tiene a Messi, Piqué y Busquets como herederos directos de aquella época en que se holló la perfección, transita peligrosamente por zonas neutras, víctima de la inevitable erosión del tiempo que le ha ido alejando de la idea original.

Poco a poco, el equipo se ha alejado de las señas de identidad que le hicieron singular

El Barça ya no domina. Al Barça le dominan. Ya no presiona. Ahora le ahogan con la presión. Así se le vio padecer en Anoeta donde la atrevida Real de Alguacil le sometió a un estrés físico y mental cada vez que debía sacar el balón. Así lo sintió el Camp Nou, especialmente en la primera media hora del clásico cuando el Madrid de los cuatro centrocampistas (Valverde, Casemiro, Kroos e Isco) diseñado por Zidane le producía pánico, y la vez, admiración, por el control del espacio y del tiempo. 

«Presionamos en campo contrario y le quitamos la posesión a este equipo, que no le gusta correr detrás del balón» (Zidane)

Siempre teniendo el Madrid la pelota como idioma universal para comunicarse entre ellos. Los blancos se la pasaban; los azulgranas, corrían desesperados detrás de ella. “Presionamos en campo contrario y le quitamos la posesión a este equipo, que no le gusta correr detrás del balón”, reveló Zidane. Las cifras alimentan todavía más el caos de esos 30 minutos, que provocó algo más que murmullos de desaprobación de la desorientada afición azulgrana. «No hemos sabido salir de la presión alta de ellos», confesó Valverde, admitiendo que «genera una situación de inestabilidad porque no estamos acostumbrados a que suceda».

Sin posesión, sin balón

Ocho disparos hizo el Madrid. Y tres a la portería de Ter Stegen. ¿El Barça? Cero de cero. O sea, la nada. Y todo en su casa, en su templo, sin hallar antídotos obligando al meta alemán a elegir el camino más directo, que no más eficaz. Pase largo de Marc a Luis Suárez esquivando el campo de minas madridista tendiendo puentes que no se podían cruzar convirtiendo el centro del campo, el Santo Grial del Barça, en una estación de paso. A veces, hasta prescindible.

El pasado sábado, la Real Sociedad tuvo en Anoeta más posesión (53%) que el Barça. El problema se agravó porque le remató mucho más (19 tiros de los donostiarras; 9 de los azulgranas) y se pasó más veces el balón (568 a 467). Síntomas de esa enfermedad futbolística que se percibieron también en el gran clásico donde el equipo de Valverde sí mandó, aunque fuera por poco en la posesión (52%), pero volvió a estar acribillado por el rival.

36 disparos en contra en solo 180 minutos

En Anoeta, la Real tuvo más posesión y en el Camp Nou el Madrid le ahogó con la presión que solía hacer el Barça

El Madrid tiró 17 veces, siguiendo la senda de la Real. En apenas 180 minutos, Ter Stegen recibió 36 disparos, algo que delata la auténtica dimensión de tan compleja situación. A Valverde le ha tocado, además, gestionar esa dañina inercia que ha erosionado las arterias vitales del juego azulgrana. Cada vez más rudimentario, cada vez menos sofisticado.

Antes, el paraíso era para los centrocampistas; ahora, en cambio, el territorio donde los centrales (Piqué, sobre todo, y Lenglet) son los héroes semanales junto a Ter Stegen, el ángel de la guarda con manos y pies, mientras todos ya saben desde hace años que con Messi solo no basta. El primero que lo sabe es el propio Leo.

Jamás, todo hay que decirlo, ha perdido el Barça la fiereza competitiva, algo que honra a sus jugadores, que no se abandonan nunca. Ni siquiera en las peores condiciones. Pero estos dos empates ilustran que no es un problema de nostalgia sino que resulta un grave problema de juego, por lo que esa indefinición (no hacen lo que hacían ni tampoco ejecutan bien lo que buscan ahora) también tortura al Barça.

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