Entre otras virtudes, la novela permite explorar los ángulos muertos de la historia oficial. En el caso de ‘Aquella colla de fills del 68’ (Leqtor), el periodista Toni Rodríguez Pujol (Barcelona, 1946) mete la nariz en el ‘backstage’ de la ‘intifada del Besòs’, la primera y más enérgica revuelta vecinal de la Transición, que acabó en tempestad de balas de goma contra tiestos –y hasta una nevera lanzada desde un terrado– 22 meses antes de la inauguración de los JJOO del 92.

Mientras la hemeroteca recuerda que el Ayuntamiento de Sant Adrià del Besòs, con vistas a descongestionar La Mina, planeaba construir pisos de protección oficial en unos solares que los vecinos reclamaban para equipamientos, en los bastidores latían intereses políticos locales, mafia marsellesa y patriarcas gitanos. Barcelona, empecinada en ‘ponerse guapa’ y construirse como una marca internacional, se desentendió de aquella explosiva ‘melé’.

De la Ovella Negra al Sandor

Aquel era el paisaje. Pero Rodríguez Pujol opta por tomar distancia –3 años después, concretamente– y, de la mano de un indisciplinado periodista- Jordi Martínez, destapa la degradación moral de un puñado de protagonistas en la sombra de aquella revuelta, una ‘colla’ de amigos, militantes del PSUC en la clandestinidad que, cansados de luchar por la mejora de la humanidad, vieron que hacerlo en su propio beneficio era más divertido y que en el Sandor se estaba más a gustito que en la Ovella Negra. La trama de ‘Aquella colla de fills del 68’ funciona, pues, como metáfora de aquella época y de la cara B de la ‘intifada del Besòs’.

Cuatro ruedas pinchadas

Es ficción, sí. Pero hay fogonazos de verdad. Rodríguez Pujol, articulista político durante la Transición, que trabajó para media docena de grandes cabeceras y condujo el programa ‘Parlament’ de TVE, dejó las redacciones en 1990 para fundar Intermèdia, una agencia de comunicación que, entre otras campañas, acabaría diseñando la candidatura de Joan Laporta a la presidencia del Barça. Uno de sus primeros clientes fue, ‘voilà’, el ayuntamiento de Sant Adrià del Besòs. «Una cosa era lo que aparecía en los diarios, y otra, lo que estaba pasando», diferencia el periodista. 

Conoció los entresijos del caso, incluidos al marsellés que pretendía construir un centro comercial en la zona en disputa y el modus operandi del negocio de la droga de La Mina, que no quería quedarse desprotegida por la iniciativa municipal de esponjamiento del barrio. «Un día llegué a casa, alejada de Sant Adrià, y me encontré las cuatro ruedas del coche pinchadas», recuerda aún con un cierto escalofrío.

Elementos de ‘thriller’

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De hecho, la policía encontró en la escena del conflicto casquillos de bala y cóctels molotov de inexplicable procedencia. Y uno de los personajes de la novela, Rigau, le cuenta al protagonista que el estallido no fue espontáneo, sino azuzada. «El negocio consistía en comprar terrenos en el extrarradio, construir vivienda en medio de la nada, crear o potenciar movimientos vecinales que reclamaran infraestructuras, para que, cuando llegaran, se pudieran revalorizar–explica el personaje– (…), y ponerlos en el mercado a precio de oro». La clave, para que el asunto no se fuera de madre, era elegir el momento apropiado. Guau. «No tengo pruebas», zanja Rodríguez Pujol.

Con todos estos elementos, Aquella colla del 68 resulta un thriller político, una revisión de algunos actores de la Transición y una declaración de amor al oficio de periodista y a Barcelona. Todo a la vez. «Siempre me ha gustado explicar historias y, sobre todo, entender qué mueve a la gente a hacer lo que hace», afirma el autor. Y aquí lo hace de manera compasiva. Sin juzgar. Como Truman Capote en ‘A sangre fría’.

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