Los angustiosos graznidos se escuchan desde el exterior de un edificio de la Vila Olímpica, donde una gaviota patiamarilla demasiado joven para emprender el vuelo ha caído en la terraza de una vivienda. Un ejemplar adulto la vigila de cerca, impotente. En la naturaleza quizá hubiera podido sobrevivir, pero aquí no tiene ninguna oportunidad.

Cuando el técnico accede para auxiliar a la cría, el supuesto progenitor se lanza en vuelos rasantes de intimidación sobre su cabeza. El ejemplar inmaduro, de unas tres semanas de vida y cubierto aún de plumaje marrón, también se debate a picotazos pero Pol Adán lo coge con sumo cuidado y lo mete en una jaula para transportarlo a un centro donde se encargarán de él hasta que pueda volar y alimentarse por sí solo.

Al rescate de fauna urbana en apuros en Barcelona

Al rescate de fauna urbana en apuros en Barcelona

Pol es el técnico más joven de la empresa Biodivers, que rescata animales silvestres no protegidos en Barcelona. Sus manos están surcadas de heridas y arañazos: «Ya no siento el dolor», comenta mientras la cría de ‘laurus michahellis’ se aferra con el pico a su dedo índice. Hijo de un veterinario, desde niño le llevaba animales malheridos a su padre. Trata con el mismo respeto a una gaviota que a una medusa o a una rana.

«Estos animales tienen una conducta familiar muy protectora y a veces tenemos que cubrirnos con cascos de metacrilato -explica el zoólogo Josep Sampietro, director de Biodivers-. Es espectacular ver a toda la colonia defendiendo la nidada».

Un adulto mide casi metro y medio con las alas extendidas y cuando alguno se queda atrapado en un balcón es como si un Jumbo tratara de despegar desde un helipuerto. Para el urbanita resulta una arriesgada proeza ayudarlo a salir del apuro, mientras que Pol Adán lo hace con total naturalidad en el vídeo de este reportaje.

El técnico Pol Adán, con una cría de gaviota patiamarilla en una terraza del barrio de la Vila Olímpica.

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Sin embargo, como se verá a continuación, no serán estas mal afamadas gaviotas que han colonizado los bloques de pisos como si fueran acantilados las que mostrarán una agresividad gratuita sino algunos ejemplares de ‘Homo sapiens sapiens’.

En plena época de nidificación, Biodivers atiende hasta 20 llamadas diarias de ciudadanos que avisan al 112 cuando hallan un animal herido o desamparado en la vía pública. Sus diez técnicos apenas dan abasto atendiendo sobre todo aves, principalmente gaviotas patiamarillas, cotorras y palomas.

Durante el año también actúan con pequeños roedores, reptiles, anfibios y puntualmente han tratado con caballos, marmotas e incluso una araña con pinta de viuda negra. «A nosotros nos pasa de todo -comenta Sampietro-. Una vez nos requirieron porque un ciudadano se estaba tomando una caña con un águila atada por una pata». 

Esta vez la llamada llega directamente de empleados de Parcs i Jardins que han encontrado muerta a una hembra de ánade azulón, popularmente pato de cuello verde, en el lago de la plaza de Gaudí, junto a la Sagrada Família. En menos de 48 horas, la prole de la desventurada pata se ha visto reducida a cuatro polluelos, probablemente debido a la voracidad de las gaviotas, que también están en plena época de cría.

Dos de las crías de pato huérfanas nadan en el lago de la plaza Gaudí.

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Tras detectar a las crías de un par de semanas de vida, Sampietro y dos técnicos entran en el agua con grandes redes e intentan acorralar a los escurridizos animales, que se ocultan en los recovecos de las rocas que circundan el lago. Intentan cerrarles la escapatoria, pero ellos salen zumbando. 

Acostumbrado a reacciones de todo tipo, Sampietro avisa de que en cualquier momento alguien empezará a gritarles. Y efectivamente, un grupo de hombres mayores se arranca a vociferar contra los rescatadores, acusándoles de roba-patos y exigiéndoles la acreditación a pesar de que llevan visible el logo de la empresa.

«¡El lago es para los patos, no para los gilipollas!», chilla un ciudadano, con tanta ira que hace que su cuerpo se tambalee sobre el bastón. Su amenaza de llamar a la Guardia Urbana cae en saco roto, puesto que son precisamente los agentes municipales los que suelen requerir a Biodivers.

Ana María Sánchez con uno de los patitos rescatados en el lago de la Sagrada Família.

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No todo el mundo actúa de esta guisa. Otro hombre mayor plantea con educación si no sería mejor dejar que las crías se espabilaran solas y una joven indica a los técnicos el escondite de una de ellas. A la caída del sol, la operación se salda con el rescate de tres patitos.

El objetivo es devolver a los animales a su hábitat natural o bien llevarlos a los centros de recuperación de fauna de la Generalitat. También existe una red de asociaciones y adoptantes de confianza, como el caso de Ana María Sánchez, que se quedará los patitos de la Sagrada Família hasta que se valgan por sí mismos.

Sánchez tiene un terreno donde acoge especies con lesiones incurables que nadie quiere. Uno de sus máximos éxitos es haber logrado que un agente municipal jubilado adoptara a una gaviota que atiende al nombre de Gavi El Gavioto: «Es un gesto de una generosidad increíble porque viven más de 20 años», reconoce.

Ana María Sánchez, colaboradora de Biodivers, y su hija Vera con uno de los patitos rescatados.

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Barcelona es un referente en políticas de bienestar animal. Anna Ortonoves, responsable del departamento de gestión y protección de animales del ayuntamiento, explica cómo surgió la necesidad de crear estos servicios de rescate: «Antes la Guardia Urbana tenía que atender mil incidencias, pero a partir de 2013 nos dimos cuenta de que había una realidad que era necesario atender y fuimos pioneros de la mano de Biodivers. Pero hay que recordar a la ciudadanía que no todos los animales se pueden tener como compañía. La especie humana tiene el mal hábito de domesticarlo todo».

La compleja gestión de la fauna urbana (doméstica, silvestre y protegida) se distribuye entre servicios propios del ayuntamiento y de la Generalitat y varias empresas externas. Cuando Sampietro arrancó Biodivers en 2013, sus estimaciones eran ocuparse de un máximo de 200 animales al año. Sin embargo, en 2020 hicieron 1.407 actuaciones y atendieron a 1.800 animales. Según su director, solo se aplicó la eutanasia a seis de estos ejemplares.

Actualmente hay mucha más sensibilidad hacia los animales, incluso existe «una cierta hiperexcitación rescatadora» según Sampietro, cuando a veces la mejor intervención consiste en no hacer nada. Por eso, antes de desplazarse a realizar un servicio los técnicos piden información, y a poder ser una foto del animal, y con esto dan pautas para que el propio ciudadano pueda ayudarlo y su intervención no sea necesaria.

En otras ocasiones, las personas muestran una capacidad de rescate innata, como la joven Júlia Mura y su madre. Cuando Biodivers llega a su casa, la cría de gaviota que habían encontrado medio muerta el día anterior presenta un envidiable estado de salud gracias a sus cuidados. A veces también se utilizan otros canales, como la Oficina de Protecció dels Animals, a la que una pareja se dirigió desesperada cuando se extravió su querido loro yaco. A las 48 horas, un ciudadano lo encontró y Biodivers lo entregó a la pareja.

Biodivers entrega un cariñoso loro Yaco perdido a la pareja con la que convive en el barrio de Sarrià.

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Para ilustrar cómo ha evolucionado la relación entre humanos y fauna silvestre en entornos urbanos sirva el rescate de un gorrión, una de las especies más comunes en Barcelona: una ciudadana encuentra un polluelo de pocos días en el Eixample, llama al 112, que avisa a la Guardia Urbana, que a su vez requiere a Biodivers, que lo lleva a una clínica veterinaria y luego lo entrega al cuerpo de Agents Rurals, que finalmente lo traslada al Centre de Recuperació de Fauna Salvatge de Torreferrusa. Semejante operación sería inimaginable hace solo una década. 

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