París fue una fiesta. El 18 de enero de 1919, hace 100 años, la capital francesa recibió al entonces presidente de EE.UU. Woodrow Wilson con alegría y aplauso. Wilson traía bajo el brazo su documento de catorce puntos, que había hecho público un año antes, como base para negociar la paz después de la Gran Guerra. En el Armisticio del 11 de noviembre de 1918 todas las partes se habían puesto de acuerdo en trabajar sobre esa propuesta para volver a encontrar el camino de la paz, y se citaron en la capital francesa para primeros de 1919.

Los catorce puntos de Wilson eran una compilación de políticas que debían romper con la diplomacia de tensión que condujo al desastre de 1914. Donde hubo pactos secretos Wilson proponía una diplomacia abierta; donde hubo fronteras marítimas y aranceles, Wilson proponía la limitación –si no la desaparición- de las barreras económicas; donde hubo industria armamentística, Wilson proponía una reducción del equipamiento militar. Por todo ello, París le recibía con los brazos abiertos. Stefan Zweig lo recordó así: “Cuando recorre los Campos Elíseos en París, por las paredes que parecen cobrar vida se derraman cascadas de entusiasmo. El pueblo de París, el pueblo de Francia, símbolo de todos los remotos pueblos de Europa, grita regocijado”.


















El fragmento anterior pertenece a ‘Momentos estelares de la humanidad’, publicado en 1927, y que consta de catorce –precisamente catorce- capítulos. El último de ellos recoge los días parisinos de Wilson y se titula: ‘Wilson fracasa’.


Una paz duradera






“Lograr un acuerdo por las buenas si es posible, por las malas si es necesario”. Así arribó Wilson a Francia, imponiéndose la titánica obligación de crear un mundo nuevo, entre el clamor popular y con el apoyo –en principio- de sus interlocutores: el primer ministro francés Georges Clémenceau, el premier británico David Lloyd George, el ministro de Exteriores italiano Sidney Sonnino. Sus catorce puntos dibujaban un mundo nuevo que debía estructurarse en una Sociedad de Naciones, recogida en el punto 14, en la que todos los Estados tendrían voz. Esa Sociedad de Naciones debería vertebrarse sobre el resto de puntos, que a su vez darían forma al acuerdo de paz en Europa, al futuro Tratado de Versalles.









El Capitolio de Washington reflejado en estanque helado durante estos días de cierre en enero del Gobierno de EEUU
El Capitolio de Washington reflejado en estanque helado durante estos días de cierre en enero del Gobierno de EEUU
(Mark Wilson / AFP)

Para “abolir el antiguo orden y establecer uno nuevo”, Wilson exigía en su texto una diplomacia abierta y no secreta; la libertad de navegación en la paz y en la guerra fuera de las aguas jurisdiccionales; la desaparición, en la medida de lo posible, de las barreras económicas y aranceles; y la reducción del armamento por parte de todos los firmantes.


















Igualmente, en puntos ya específicos, Wilson impelía a la reordenación territorial de los países en conflicto, con menciones expresas a Bélgica y Polonia, y en los derivados de la disolución de los imperios Alemán y Austrohúngaro, así como la evacuación militar de Rusia y un “reajuste” de las reclamaciones coloniales, llamando al diálogo de igual a igual entre gobiernos y pueblos. Y siempre con la democracia como forma óptima de gobierno: “El mundo debe ser un lugar seguro para la democracia”, dijo.

Pero precisamente el empeño de Wilson en llegar a este acuerdo primigenio, del que debería desprenderse el tratado posterior –el Tratado de Versalles-, fue la primera piedra con la que se encontró el presidente de EE.UU. Lo urgente hacía imposible lo importante: la reforma de facto que Wilson pedía sobre la geografía política de Europa era contraria a las necesidades de un continente roto, donde, más de dos meses después del Armisticio, todavía quedaban ejércitos desplegados fuera de sus fronteras y donde decenas de regiones esperaban a un acuerdo para saber a qué país iban, finalmente, a pertenecer.


Un idealista empecinado






El historiador Russell L. Riley encuentra un punto en común entre aquel Wilson y el actual Trump. “El retrato clásico [de Wilson] trazado por Alexander y Juliette George suena inquietantemente familiar. Wilson no solo creció con una querencia por el logro y el poder: también debe ejercer el poder solo… Su voluntad debe prevalecer. Se enervó ante el menor desafío a su autoridad”. La diferencia estriba en que Wilson era un idealista inspirado por los “ángeles buenos de nuestra naturaleza” que invocó Lincoln, y no por los prejuicios.




















“Lograr un acuerdo por las buenas si es posible, por las malas si es necesario”. Así arribó Wilson a Francia, imponiéndose la titánica obligación de crear un mundo nuevo





El empecinamiento de Wilson en el pacto (Covenant) que debía alumbrar la Sociedad de Naciones le fue dejando solo. Primero, en su país, adonde regresó en febrero de 1919 (y donde el Congreso se reservó la potestad de aprobar salida de la Sociedad de Naciones que finalmente haría efectiva tan pronto como en marzo del año siguiente). Después, en París, a su vuelta en marzo de 1919, cuando perdió los apoyos necesarios para que el Covenant fuera parte del posterior Tratado de Versalles.

A finales de abril de 1919, Wilson regresó a Estados Unidos. París le despidió con silencio. “Ya no le acompaña ningún grito de júbilo. Ninguna bandera se agita a su paso”, constata Zweig. Lo que sucedió después en el mundo es conocido: Versalles no fue la paz justa para vencedores y vencidos a la que aspiraba Wilson, sino un acuerdo para someter a Alemania que fracasó. La Sociedad de Naciones que debía vertebrar el mundo en paz fue poco más que un teatro sin fuerza.


De izquierda a derecha, el primer ministro británico Lloyd George, su homólogo francés Gerorges Clemenceau y el presidente de EE.UU., Woodrow Wilson, camino de la Conferencia de Paz de Versalles en 1919
De izquierda a derecha, el primer ministro británico Lloyd George, su homólogo francés Gerorges Clemenceau y el presidente de EE.UU., Woodrow Wilson, camino de la Conferencia de Paz de Versalles en 1919
(Hulton Archive / Getty)

















Cuando Wilson dejó París faltaban poco más de 20 años para que el mundo volviera a estar en guerra. A él le esperaban una apoplejía, en octubre de 1919, de la que no se recuperó; un premio Nobel de la Paz que recibió en 1920 como homenaje a su esfuerzo finalmente estéril; y la muerte, que le alcanzó el 3 de febrero de 1924.


La herencia






Wilson no vivió para ver el crac del 29, ni el auge de los nacionalismos de los años 30, ni la perversión del nazismo, ni la Segunda Guerra Mundial. Pero su influencia se hizo notar a lo largo de todo el siglo XX. La Sociedad de Naciones que él imagino se hizo realidad con la ONU, esta vez no solo con Estados Unidos como miembro, sino con sede en Nueva York.

Para Tony Smith, autor de Por qué Wilson importa y profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Tufts, “las propuestas de Wilson alentaron una alianza de gobiernos democráticos que trabajaban para promover un sistema económico internacional a través de acuerdos multilaterales que incluían primero y por encima de todo la seguridad colectiva bajo el liderazgo estadounidense”. “Lo que en principio sería una Pax Americana acabaría siendo una Pax Democratica”, concluye.


















El mundo posterior a 1945 acogió de nuevo ideas wilsonianas. No solo en unas Naciones Unidas que suceden a la Sociedad de Naciones, sino en la tendencia al asociacionismo y al fomento de la democracia. Hay parte de Wilson en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero que en 1951 forman Francia, Alemania, Italia y el Benelux –países en guerra solo seis años antes-, y que es el germen de la Unión Europea. Una Unión Europea cuyas principales sedes –Bruselas y Estrasburgo: Bélgica y Alsacia- fueron territorios en disputa violenta, y que hoy acogen sedes para el acuerdo transnacional.


Wilson sonríe, con el sombrero en la mano, tras la firma del Tratado de Versailles
Wilson sonríe, con el sombrero en la mano, tras la firma del Tratado de Versailles
(Bettmann / Getty)

Igualmente, hay parte de Wilson en Kennedy, en la intensa diplomacia que acabó con la Crisis de los Misiles de Cuba, y en su intención, interrumpida por su asesinato, de acabar con la Guerra de Vietnam. El peso del ideólogo de los 14 puntos en la política exterior de JFK se hizo evidente el 10 de junio de 1963, cuando pronunció su discurso La estrategia de la paz. Al margen de citarle expresamente –“El profesor Woodrow Wilson dijo una vez que todo hombre salido de una universidad debería ser un hombre de su nación así como un hombre de su tiempo”-, Kennedy recogió en un párrafo memorable el campo de interés que debía regir una diplomacia abierta: “En un análisis final, nuestro vínculo común más básico es que todos habitamos este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire. Todos queremos un futuro para nuestros hijos. Y todos somos mortales”.


















Hay también parte de Wilson en las sucesivas cumbres que, a pesar de la Guerra Fría, se desarrollaron entre los presidentes de EE.UU. y los diferentes dirigentes de la Unión Soviética: desde el encuentro inicial entre Eisenhower y Kruschev en 1957 y la expresión de una “paz duradera” finalmente fallida hasta los encuentros de Reijkiavik en 1987 entre Reagan y Gorbachov que derivaron en el primer acuerdo de reducción del armamento nuclear entre ambas potencias. El teléfono rojo, la línea directa de comunicación entre Washington y Moscú establecida tras la Crisis de los Misiles, es también un ejemplo del ideal diplomático, si bien no abierto, que perseguía Wilson.


Lo que sucedió después en el mundo es conocido: Versalles no fue la paz justa para vencedores y vencidos a la que aspiraba Wilson, sino un acuerdo para someter a Alemania que fracasó





Los ecos de Wilson que el profesor Smith ve en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial no se limitan al siglo XX. “El neowilsonianismo está fuertemente incrustado en las instituciones estadounidenses”, afirma, aunque reconoce que el ala republicana es la responsable de la “militarización” de esa tradición y puntualiza: “Wilson no hubiera aprobado el ataque a Bagdad de 2003”. En cuanto al ala demócrata, para Smith “ha hecho la mayor parte del trabajo intelectual del desarrollo del pensamiento de Wilson, como se puede ver al repasar los años de Obama y las políticas desarrolladas por Hillary Clinton y John Kerry”. Esta influencia se ha alargado en el tiempo hasta la llegada de Donald Trump.


Trump: ¿punto final?






Pese a las similitudes de carácter entre el actual presidente de EE.UU. y Wilson que apunta Riley –“su voluntad debe prevalecer”-, su principal diferencia es la actitud ante el nacionalismo interno y el aislacionismo. A Henry Kissinger, secretario de Estado de EE.UU. entre 1970 y 1973, se le atribuye la reflexión de que la política exterior de Estados Unidos es un permanente conflicto entre los partidarios de Wilson –asociacionismo- y los partidarios del presidente Andrew Jackson, que gobernó EE.UU. entre 1829 y 1837 –aislacionismo-.

Según el canon del politólogo Walter Russell Mead, el pensamiento jacksoniano condiciona cualquier política exterior estadounidense a la seguridad física y el bienestar económico norteamericano. Si Wilson afirmó que “somos ciudadanos del mundo, pero la tragedia de nuestro tiempo es que no lo sabemos”, Trump, jacksoniano, sostiene repetidamente un único mensaje que ya no necesita traducción: “Make America Great Again”.

En consecuencia, Wilson se jugó la presidencia y su salud por lograr un pacto en París. Y también en consecuencia, el mes pasado Trump espetó al presidente turco Erdogan sobre la situación en Siria y la intervención estadounidense en el conflicto: “Todo tuyo. Nosotros hemos terminado”.


La plaza Woodrow Wilson de Washington, desierta en estos días sin actividad funcionaral en Estados Unidos.
La plaza Woodrow Wilson de Washington, desierta en estos días sin actividad funcionaral en Estados Unidos.
(Chip Somodevilla / AFP)

Es difícil enumerar todos los puntos en los cuales Trump ha roto con la tradición wilsoniana que, de uno u otro signo, ha regido en Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Dejando al margen la diplomacia secreta, presuntamente al margen de la ley, que representa el Rusiagate
, Trump ha llevado a su país a abandonar el pacto nuclear con Irán, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU o el Acuerdo de París sobre el cambio climático. Su lucha contra el pactismo wilsoniano no es solo por activa, sino por pasiva: su apoyo al Brexit, encarnado en Nigel Farage, concuerda con su idea de socavar la Unión Europea, a la que ha declarado enemiga de los intereses de Estados Unidos. Una Unión Europea en cuyo territorio opera ya Steve Bannon, experto en desinformación, director de la campaña electoral de Trump y, durante siete meses, su jefe de Estrategia de la Casa Blanca.


Pittsburgh, no París






Así pues, ¿quién se acuerda de Woodrow Wilson? Cien años después de su visita a Europa, su figura y sus enseñanzas han dejado de tenerse en cuenta en Washington en un momento en el que, según Trygve Throntveit, autor de Poder sin victoria: Woodrow Wilson y el experimento internacionalista americano, “su audaz pero humilde visión del papel global de Estados Unidos podría ser el antídoto más eficaz contra el hipernacionalismo venenoso de Trump”.

Pero Trump no parece querer recordar a Wilson, ni la tragedia de las Guerras Mundiales. Cuando en 2017 visitó la capital francesa tras la salida de EE.UU. del Acuerdo de París contra el cambio climático –que él niega-, París no fue una fiesta: fue una protesta. Su reacción le separa de Wilson no solo en cien años, sino en toda una era glacial: “Fui elegido representante de los ciudadanos de Pittsburgh, no de los de Paris”.


Cuatro de los 14 puntos de Wilson que peligran un siglo después






La diplomacia secreta con Rusia investigada en el Rusiagate y el uso de personal no oficial para diálogo político no transparente. EE.UU. ha abandonado el pacto con Irán, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, estudia dejar el TLC, el Acuerdo de París sobre el cambio climático… El uso de las redes sociales y la desinformación puede considerarse una contradicción de este punto.


La política aislacionista y arancelaria respecto a sus antiguos socios no solo contradice el eje diplomático, sino que sanciona la navegación/aviación comercial imponiendo tasas para primar la economía local. Es, en un cierto modo, un planteamiento autárquico semejante al del Franco previo al desarrollismo.


Trump impulsa que la UE se arme proponiendo resoluciones imposible en la OTAN. Aunque habla de negociar con China y Rusia un descenso de la carrera armamentística, la impulsa a otros niveles. No dudó en reunirse con Corea del Norte y cerró la puerta al desarme nuclear iraní.


Los puntos 7-13 de Wilson favorecen la expansión multinacional de Europa, que se concretará tras la Segunda Guerra Mundial en el Tratado sobre el Carbón y el Acero, germen de la UE. Precisamente esa expansión dibujada en los 14 puntos sin los matices necesarios llevó al desastre de 1939. La ordenación posterior tendió a hacerse en el marco de una UE que Trump considera enemiga, y que pretende socavar. Su apoyo a May, Farage, Johnson y todo lo que huela a Brexit es también una contradicción de estos puntos, que debilitan la gestión común europeas.

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