En aquellos tiempos, cuando los océanos separaron el Atlantis y surgió el amanecer de los soles de Aries, hubo una época increíble en la que los barceloneses cenábamos fuera. Solo los ancianos lo recordamos. Y siempre nos toman por locos cuando apelamos a la nostalgia y lloramos la efervescencia de un pasado hedonista en el que, al caer la noche, salíamos al mundo exterior más emperifollados que la Castafiore, con hambre canina y mucha jarana que quemar.

Y cenábamos largo y tendido en casas de comidas ruidosas, atestadas e incómodas. Y reíamos a carcajada limpia en una orgía de aerosoles. El vino corría a hectolitros, la embriaguez colectiva convertía la división de la cuenta en un problema irresoluble de matemáticas. Parece que hayan pasado un par de glaciaciones desde entonces. Pensar en cenar fuera se ha convertido en un crudo ejercicio de arqueología emocional.

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Chupitos, taxis y pitillos

Echar de menos algo que dabas tan por sentado tiene un componente de crueldad extra. Quizás por eso, duele recordar esos viernes noche en el Bacaro, probando pasta de todos los platos, haciendo volar ensaladas de calamares a la otra punta de la mesa, riéndote de las miserias de una semana laboral agotadora.

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No es un ejercicio sano rememorar los placeres de ese pitillo furtivo en la puerta del Wakasa, con el frío de la noche templando la euforia del atún y el sake. No fue hace tanto, pero fue hace siglos. Muchos parecen no haberse dado cuenta, pero estamos inmersos en una distopia gastronómica que va para largo. Y a estas alturas del relato, a mí ya me da igual que de esta salgamos mejores, como dicen los cuñados más ilustres. Me conformo con que salgamos a cenar algún día.  

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