El 44% de la electricidad española se generó en fuentes de energías renovables en 2020, según el informe de la Red Eléctrica Española (REE), un récord que redujo en un 28% las emisiones asociadas a la producción de la energía eléctrica en la Península respecto a 2019. El dato refleja las emisiones de CO2eq o CO2 equivalente, que incluye los seis gases de efecto invernadero recogidos en el Protocolo de Kioto. En este sentido, el Govern de la Generalitat presentó el viernes 4 de febrero el escenario energético para 2050, con una presencia creciente de energías renovables en el territorio que refuerza las ya existentes e introduce, por primera vez, la eólica marina —la ubicación de molinos de viento en el mar— en Catalunya.

El hecho de que las energías renovables reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero, sin embargo, no quiere decir que su impacto sobre el entorno sea nulo. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la entidad científica líder en la evaluación del cambio climático, explicaba en un informe publicado en 2011 que “las energías renovables son normalmente beneficiosas comparativamente” con las fuentes de energía fósiles, pero precisaba, justamente, que “aun así existen impactos”.

De hecho, la sola fabricación y construcción de las propias instalaciones renovables emiten gases de efecto invernadero a la atmósfera, aunque las cantidades son mucho menores que las emitidas para la producción de energía fósil (como el carbón o el gas natural). Sin embargo, tal como alertan diversos científicos en un manifiesto ante el avance del Parc Tramuntana, un macroproyecto de eólica marina propuesto para la costa del Empordá, existen otros impactos ambientales: efectos sobre la biodiversidad, el uso del terreno, los ecosistemas o la contaminación de aguas y suelos entre otros. ¿Cómo afectan, pues, al medio ambiente las tres principales fuentes de energía renovable españolas?

Energía eólica: murciélagos y pájaros

Los aerogeneradores (o molinos de viento) transforman la energía cinética del viento (su velocidad) en energía eléctrica y son los responsables del 21,8% de la energía producida en España en 2020. Diversos estudios la coinciden en que es la energía renovable más sostenible y la que menos gases de efecto invernadero emite, pero para que los molinos “funcionen adecuadamente y sean rentables económica y energéticamente, tienen que estar situados en ciertos puntos estratégicos con un nivel de viento considerable”, indica a Verificat José Ignacio Candela, ingeniero del grupo de Sistemas Eléctricos de Energía Renovable (SEER) de la Universidad Politécnica de Catalunya (UPC).

Estos criterios deben compaginarse con los establecidos por el Decreto-ley 16/2019, que exige que las instalaciones estén en zonas que no afecten significativamente “el patrimonio natural, la biodiversidad y el patrimonio cultural”, puesto que las instalaciones contribuyen a modificar los ecosistemas locales destruyendo el hábitat y reduciendo la reproducción de la fauna.

El decreto también exige minimizar los efectos sobre conectores ecológicos —nexos de unión entre espacios con altos valores ambientales—, especies amenazadas y especialmente vulnerables a los parques eólicos y sobre puntos estratégicos de paso migratorio de aves. Esto tiene que ver directamente con uno de los impactos ambientales más conocidos de estas instalaciones: la muerte de pájaros y murciélagos como consecuencia del impacto contra los molinos, una problemática que señalada por algunas entidades ecologistas como Ecologistas en Acción.

El informe del IPCC destaca en este sentido que “las poblaciones de varias especies de pájaros y murciélagos están en declive, llevando a preocupaciones sobre los efectos de la energía del viento en especies vulnerables”. El caso de los murciélagos, para los que se calcula una incidencia a nivel global de entre 0,2 y 53,3 fatalidades anuales por megavatio producido, es de especial importancia en España, dado que las 32 especies que habitan en el país están incluidas en el Listado de Especies en Régimen de Protección Especial y 12 de ellas se consideran especies amenazadas. De hecho, la Asociación Española para la Conservación y el Estudio de los Murciélagos (SECEMU) considera que los parques eólicos son una de las principales amenazas para algunas especies y, de la mano del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco), ha elaborado una guía para evaluar y corregir la problemática.

En cuanto a las aves, los estudios estiman la mortalidad de los pájaros por este motivo entre 0,95 y 11,67 muertes por megavatio producido al año, muy por debajo de la causada por otras actividades humanas como el impacto contra edificios y ventanas, vehículos o las muertes por pesticidas. Sin embargo, el IPCC destaca el elevado impacto que pueden tener los fallecimientos de aves rapaces a causa de los molinos de viento, debido a que sus poblaciones suelen ser pequeñas en número. 

Energía hidráulica: aumento de peces invasores

La energía hidráulica consiste en aprovechar la energía del agua en movimiento para generar electricidad, algo que se consigue “principalmente a través de presas y conduciendo el agua a través de una turbina”, señala José Ignacio Candela. Esta técnica es responsable del 12,2% de la producción española, siendo la principal energía renovable en la generación eléctrica mundial y la segunda que menores cantidades de gases de efecto invernadero emite. Aún así, el IPCC destaca en su informe de 2011 que “puede tener una huella ambiental significativa a niveles locales y regionales”.

Los lagos artificiales que crean las presas ocupan en el mundo un espacio prácticamente igual a la superficie de Alemania y tienen diversos impactos sobre la ecología del río. Por debajo del embalse, “cambia completamente el régimen hídrico” indica Emili Garcia-Berthou, catedrático de Ecología y miembro del Grupo de investigación en Ecología acuática continental (GRECO). Es decir, cambia la calidad del agua y el caudal, que se vuelve más estable, y con ello se altera “el hábitat, el régimen térmico, el funcionamiento ecosistémico y las comunidades ecológicas del río”, lo que se traduce en una menor abundancia de especies locales y un incremento en el número de especies invasoras.

Las instalaciones también afectan río arriba: impiden la migración de algunas especies, como por ejemplo la anguila europea, una especie en peligro crítico de extinción que “antes se encontraba en toda la Península”. Ahora, debido a la construcción de grandes presas a partir de los años 60, estos animales han quedado relegados a “las zonas de la costa porque no pueden pasar el primer embalse grande que encuentren en el río”, explica el experto.

Por otro lado, los embalses retienen sedimentos, es decir, el material sólido que arrastra el río (tierra y piedras) se acumula en la presa, de manera que estos sedimentos no viajan aguas abajo y se dan situaciones como la erosión del Delta del Ebro: “Los sedimentos que han de llegar no llegan, quedan retenidos” en las presas y, como consecuencia, “el delta retrocede”, desarrolla Anna María Romaní, bióloga experta en ecología fluvial y miembro del GRECO. En definitiva, el mar se come las playas.

Energía solar fotovoltaica: mucho terreno y materiales tóxicos

Las placas fotovoltaicas convierten directamente la luz del sol en energía eléctrica en un proceso limpio que no genera derivados sólidos, líquidos ni gaseosos, tampoco emite sonido ni usa recursos no renovables mientras opera, según el IPCC. Por esta vía se produce el 6,1% de la energía española.

Las placas fotovoltaicas concentran los impactos ambientales en su fase de fabricación, un proceso en el cual se usan materiales como el silicio, el cadmio o el germanio, entre otros, para cuya producción es imprescindible tanto la minería como procesos de purificación que emplean materiales peligrosos para la salud humana y medioambiental. Otros, como el indio, el selenio o el galio, son considerados materiales raros, es decir, son escasos y plantean problemas de riesgo de suministro.

Otra cuestión ambiental asociada a la tecnología fotovoltaica es la gran cantidad de terreno que requiere para producir la energía equivalente a otras fuentes renovables y el impacto que esto representa sobre la flora y la fauna locales: un estudio de Nature Sustainibility encontró que las instalaciones afectan negativamente a las plantas y matorrales del desierto de Mojave, en Estados Unidos. Una revisión de artículos publicada en 2020 en la revista Science of the Total Environment sugiere que una solución pasaría por la instalación de las placas fotovoltaicas en espacios ya ocupados como párquings, tejados de viviendas o vertederos, que suponen emplazamientos ideales para esta tecnología.


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