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Desde ese gran arranque con una ‘Make me an offer I cannot refuse’ de desembocadura techno, ‘The ascension’ se presenta un disco radicalmente distinto al anterior firmado por Sufjan Stevens a su nombre, hace ya cinco años: el íntimo, ascético ‘Carrie & Lowell’. Aquí tampoco queda casi rastro del folk-pop orquestal que le dio un nombre y todavía hoy le persigue; ‘Chicago’ sigue siendo una canción ubicua.

Los primeros avances lo sugerían y ahora queda confirmado: esto es más una secuela tardía de ‘The age of adz’, el disco con el que, hace una década, declaró su amor por los sintetizadores y giró por el mundo con un espectáculo gloriosamente extraterrestre, entre Sun Ra, Pet Shop Boys y ‘Tron’. Es más depurado en cuanto a la producción electrónica, que por momentos parece producto de una escucha intensiva de la IDM (Intelligent Dance Music) de Aphex Twin y Boards Of Canada. Se aprecian también trazas de ‘Planetarium’, su proyecto compartido de ambiciones sinfónicas, y del reciente ‘Aporia’, el álbum ‘ambient’ que grabó a medias con Lowell Brams, su padrastro, para más señas.

‘The ascension’ se distingue de ‘Carrie & Lowell’ no solo en sonido, sino también en humor. Si aquel era todo amor, este muestra a Stevens enfadado con el mundo y, más en concreto, unos Estados Unidos a los que ya no puede adorar. Ya no quiere seguir escribiendo historias con fuerte sentido de lugar. Quiere estar en cualquier lugar salvo donde está (de momento, ha cambiado Nueva York por los Catskills), lejos del culto a la personalidad que dio pie a la presidencia de Trump, lejos del propio Trump, lejos del odio y cerca del amor.

La tensión como hilo conductor

En ‘The ascension’ ya no hay tanto historias como colecciones de frases hechas, eslóganes, mantras, llamadas de auxilio… En la torrencial ‘America’, nada menos que doce minutos de single, la línea que más se repite es: «No me hagáis lo que le hicisteis a Estados Unidos». Es la catarsis final densa y psicodélica de un disco que conduce, antes, por contrastados estados de conciencia, siempre con la tensión como elemento aglutinante.

A pesar de la rabia reinante, seguramente la palabra que más se repite en el disco sea ‘amor’, no sin cierta desesperación. El mantra de ‘Ursa Major’ es «I wanna love you» («quiero amarte»). Ha elegido un título suplicante, ‘Tell me you love me’ (‘Dime que me quieres’), para una balada etérea que ya figura entre sus clásicos. Sufjan quiere huir, pero a ser posible bien acompañado: ‘Run away with me’ (‘Corre conmigo’), se llama otra canción, dulce ensueño con una ‘pedal steel’ de Casey Foubert que parece de Daniel Lanois. En el electro-pop en delicado crescendo de ‘Sugar’, pide que no le rompas el corazón y que «toda esta rabia se vaya ahora». Cuando toque morir, quiere hacerlo feliz, como repite sin cesar en ‘Die happy’, alucinante búsqueda de la ascensión y trascendencia a través del éxtasis sintético. Juan Manuel Freire


OTROS DISCOS DE LA SEMANA 

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La llegada del otoño nos trajo por sorpresa, el mismo martes, el cuarto álbum del combo de Seattle, decantado por una sonoridad más acogedora y manejable que en el intrincado ‘Cracked-up’ (2017). El clan de Robin Pecknold nos envuelve en un cancionero tan rico en delicias armónicas, entre ecos de soft-rock y soul, como en un senderismo sonoro que entronca con la tradición que va de Van Dyke Parks a The High Llamas. Música tocada por la magia astral, de reconciliación con la vida. Jordi Bianciotto

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Los de Bristol, revulsivo del rock neo-pos-punk, no superan el listón de sus dos primeras obras, pero mantienen la tensión con temas descarados de alto octanaje. Joe Talbot escupe los textos mirando de reojo al malogrado Mark E. Smith (The Fall) y la bestia ruge con sus dinámicas musculosas y sus graves de plomo a lo The Jesus Lizard. Disco con invitados llamativos (del ‘bad seed’ Warren Ellis a Jaime Cullum), si bien el foco de atención está en artefactos candentes como ‘War’ y ‘Grounds’. J. B.

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El puertorriqueño publica su cuarto álbum con la intención de mezclar la esencia musical de sus orígenes con los nuevos matices que han ido incorporando él y sus coetáneos al género. Unos orígenes que quiere resaltar desde el título del disco: el acrónimo de su apodo de despegue (El Negrito de Ojos Claros). Ayudan a construir esa intención pioneros como Daddy Yankee, Wisin y líderes de ahora como Myke Towers, Karol G o J Balvin. Apoyos necesarios cuando quiere cambiar de registro el forjador de mil baladas pegadizas. Ignasi Fortuny

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La historia de esta grabación -un estudiante judío monta un concierto de una leyenda del jazz en un instituto de California, un conserje que lo graba casi por casualidad, una cinta guardada durante más de 50 años- ya es de película. Pero lo que es de cine es la música: los 47 minutos de Monk y su cuarteto en Palo Alto son pura energía, urgencia, fuego con swing. Cuatro piezas con la banda, dos a piano solo, un grupo compactísimo y un Monk feliz. Y pensar que en 1968 se decía que Monk ya estaba fuera de onda. Será porque no escucharon este disco.  Roger Roca

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