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Y en estos días de desconcierto irrumpe, cual señal bíblica que cae sobre nosotros como el rayo, la vieja banda de rock’n’roll para decirnos que este código sonoro aún puede explicar el mundo, revalorizando a la tropa de señores maduros como vehículo agitador. Álbum atronador y sereno, el flamante ‘Gigaton’, publicado este viernes, provisto de andanadas de electricidad, pequeños atrevimientos y letanías para fortalecer el alma, con el que Pearl Jam nos quiere decir que sigue siendo un ente pensante.

Hacía casi siete años que el grupo de Seattle, gran superviviente de la ola grunge de los 90, no entregaba un álbum con canciones frescas, concentrado más bien en pasear sus poderes en los escenarios: aquel concierto del 2018 en el Palau Sant Jordi, todo músculo y furia. Hacer un disco en el estudio tan sólido como sus directos era el reto, y Eddie Vedder y compañía han salvado el envite con un trabajo cuyo envoltorio ideológico, de peso, no es una excusa para colar un cancionero de trámite. Aunque el grupo no ha tirado de metáforas discretas esta vez: la misma portada, con esa plataforma de hielo derritiéndose, ilustrando el cambio climático, sitúa esta música en tensión con las fuerzas de la naturaleza.

Un baile tribal

Quien pudiera esperar innovaciones en ‘Gigaton’, atendiendo a las entusiastas declaraciones del bajista Jeff Ament, debe saber que este es un álbum de rock con muchos de los trazos identitarios de Pearl Jam, empezando por la arrolladora apertura, ‘Who ever said’, con sus estrofas redentoras al galope, y por el impetuoso relevo, ‘Superblood wolfmoon’. De la mano ahora del productor Josh Evans (ingeniero de sonido de discos de Soundgarden y Mother Love Bone), supliendo a Brendan O’Brien, el grupo no esculpe aquí un nuevo ‘No code’ (1996), su obra más aventurada, si bien hay tanteos en territorios distintos en ‘Dance of the clairboyants’, cuya cadencia arrastra vestigios de punk-funk cibernético (invocando el ritual del baile colectivo: “ningún hombre / puede ser más grande que la suma”). Y, tras la marcial ‘Quick escape’, con su bofetón a Trump a vuela pluma, vemos cómo la electrónica modifica el paisaje en ‘Alright’, pieza que clama por el rearme individual ante las adversidades.

‘Gigaton’ abre a partir de ahí el encuadre sonoro y atrapa con registros cambiantes, desde el medio tiempo con calado emocional de ‘Seven o’clock’ hasta la secuencia folk de ‘Comes then goes’, con zarpazos rockeros dignos de los viejos tiempos como ‘Never destination’ y ‘Take the long way’. Pearl Jam, domando la fiera rumbo a un desenlace que va ganando grosor místico hasta la densa pieza final, ‘River cross’, con el salmo de Vedder extendiéndose sobre un órgano litúrgico. Clímax en el que la banda parece dejar caer ese ‘gigaton’, con sus mil millones de toneladas de hielo, sobre una humanidad necesitada de esperanza. El rock’n’roll todavía puede darla. Jordi Bianciotto


OTROS DISCOS DE LA SEMANA

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De la unión de Nadia Reid, cantautora neozelandesa a reivindicar, y el toque mágico de los estudios Spacebomb (y su banda residente) surge un disco lleno de canciones excelentes, como ‘Oh Canada’ (Joni Mitchell al frente de Broken Social Scene), la suntuosa ‘Best thing’ y la demoledora ‘Get the devil out’. Juan Manuel Freire

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Bajo ese extraño nombre opera un dúo, Oriol Solé (Alado Sincera) y Toni Sistaré, decidido a trastocar los moldes de la canción con guitarras y bajos intranquilos, ritmos alejados de las autopistas y estructuras impredecibles, con elasticidad pop, músculo pos-punk y texturas prog a lo King Crimson. Música que intriga y atrapa. J. B.

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A Erik Urano le envuelve una capa de respeto generada por años de trabajo impecable. ‘Neovalladolor’ es un paso más en este sentido: es un ensayo sobre un universo futuro -y que a la vez ya nos rodea- gobernado por el capital salvaje. Para el retrato de esta distopía amenazante, experimenta sobre una rica variedad electrónica que crea una atmósfera fascinantemente gris. Ignasi Fortuny

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Esto es la ‘enciclopedia Metheny’ en un único tomo: todo lo que el guitarrista ha explorado en cuarenta años está aquí. El lirismo, el sonido inconfundible, el dramatismo, la facilidad melódica, la vena dulzona, la audacia de hacer que lo complejo suene simple… En cuarteto más orquesta, una hora y cuarto de Metheny en Cinemascope. Roger Roca

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