Es muchas cosas superpuestas y yuxtapuestas –como todas las buenas novelas– ‘El don de las piedras’, pero es tres cosas sobre todo: la historia de un profesional de la mentira, la historia de un pueblo de picapedreros en las postrimerías de la Edad de Piedra y la historia de dos intrusas que se instalan en ese pueblo. Todo está mezclado, por supuesto, o todo está superpuesto y yuxtapuesto: el mentiroso es vecino del pueblo y el responsable de que se instalen las intrusas, que puesto que son intrusas son rechazadas por el pueblo. Se apunta aquí que la historia comienza con una flecha y termina con otra, pues puede que no haya mejor oportunidad de hacerlo: un final de primer párrafo de comentario de libro que ocurre en el paleolítico para decir que la flecha que inicia es de piedra, y la flecha que termina, de bronce.

Nuestro héroe en efecto es un profesional de la mentira, Padre, un virtuoso de este talento que en el libro tiene categoría de arte, tal y como le habría gustado a Wilde. «La verdad es fea y plomiza, mientras que las mentiras son ágiles, briosas y llenas de vida. La mentira es un arte», reza un pasaje de la novela. Padre perdió un brazo cuando era niño, pero conjuró la condena a la obsolescencia de cualquier manco en un pueblo de artesanos cultivando los cuentos ágiles, briosos y llenos de vida; y así halló su lugar en el mundo. El cuentacuentos del pueblo. Que sea uno de los dos narradores de la historia es juego y a la vez desafío. ¿Miente el cuentacuentos? ¿Está diciendo la verdad? A veces es difícil saberlo. Entonces aparece la otra narradora –yuxtapuesta– y dice que quizá es cierto lo que dice Padre, pero quizá no. Y a pesar de todo, una verdad, una historia se abre paso entre la bruma. Como dijo el escritor irlandés: «¿Qué es una bella mentira? Pues, sencillamente, la que posee en sí misma la evidencia de ser mentira».

Un literato aparte

Quienes están familiarizados con la obra de Jim Crace (Inglaterra, 1946) saben que es una rara avis en una generación brillante y consagrada: la de los Amis, McEwan, Barnes y compañía. Es un tipo aparte, pero sobre todo un literato aparte. Algunos los consideran un genio. Ha sido dos veces finalista del Man Booker Prize, la primera vez con ‘Los cuarenta días’ y la segunda con ‘Cosecha’, quizá la novela que más entusiasma a sus seguidores; pero no lo ha conseguido. Tendría más lectores de haberlo hecho, pero quién sabe si un honor de esa envergadura no habría sido un golpe a su rareza. Publicada en 1988 y recuperada ahora por Hoja de Lata, ‘El don de las piedras’ es 100% un ‘artefacto Crace’, si lo ‘Crace’ es, por ejemplo, como dijo hace unos años en una entrevista con este diario, no ser espejo de la realidad, o si es, como es de dominio popular, situar sus historias en sociedades al borde de la transición.

Hay dos imaginadores en ‘El don de las piedras’ de Crace: Crace el imaginador mayor y Padre, que solo es menor porque es un producto suyo. A estas alturas, y sin más líneas para abundar: viva el arte de narrar. Viva el arte de la mentira. Son dos artes yuxtapuestos.

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El don de las piedras

Autor: Jim Crace

Título original: ‘The gift of stones

Editorial: Hoja de Lata

Traducción: Pablo González-Nuevo

Páginas: 240

Precio: 18,90 euros

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