Un análisis de los relatos de 83 niños y niñas de Girona documenta por primera vez un momento importante en el desarrollo infantil: el paso de una gestualidad visual (como la de ellos mismos) a otra más abstracta (como la de los políticos). ¿Pueden los gestos ser un diagnóstico o una herramienta de aprendizaje?

El dibujo animado va de un ratoncito y un elefante que encuentran un concha y juegan a ponérsela de sombrero. Tras verlo, una niña de cinco años se lo relata a una investigadora. Hace el gesto de meterse la concha en la cabeza. Luego, es el turno de un niño de nueve años. Este también hace aspavientos, pero son distintos: abre los brazos, agita las manos, inclina la cabeza, etcétera. 

Los videos de estos dos relatos forman parte de una singular base de datos, gracias a la cual se ha documentado por primera vez un cambio en la gestualidad infantil: de visual a abstracta (o – se podría decir – de la de un mimo a la de un político).

El archivo reúne narraciones hechas por 83 niños de Girona, entre 2016 y 2019, en dos etapas: cuando tenían 5 o 6 años y cuando tenían 7, 8 o 9. La investigadora Ingrid Vilà-Giménez, de la Universitat de Girona, les enseñó dibujos animados a cada niño, en dos momentos de su infancia, y grabó los relatos que hacían de lo que habían visto. 

Ahora, un estudio de esa universidad junto con la Universitat Pompeu Fabra (UPF) ha analizado los gestos que aparecen en los vídeos. Los autores quieren averiguar si la gestualidad es un indicador del desarrollo lingüístico, o incluso una herramienta para fomentarlo. 

Lenguaje más allá de las palabras

“La tradición en el estudio del lenguaje ha sido considerar solo lo que se dice. Pero también la entonación y los gestos cuentan”, explica Eva Murillo, psicóloga de la Universidad Autónoma de Madrid, no implicada en el estudio. La entonación de un ‘buen día’ puede sonar alegre, amenazadora o irónica. Y algo parecido ocurre con los gestos que se hacen al hablar. “Son tan importantes que los hacemos incluso cuando hablamos por el móvil”, afirma Murillo. Emoticonos, mensajes de voz y videollamadas son ejemplos de la necesidad de complementar las palabras. De hecho, los bebés se comunican antes con los gestos que con las palabras. “El gesto es central en la adquisición del lenguaje. El gesto deíctico [apuntar con el dedo] es muy importante. Los primeros balbuceos vienen acompañados por movimientos rítmicos repetitivos”, explica Pilar Prieto, investigadora ICREA de la UPF y coordinadora del estudio. “Los gestos y el habla juntos componen el lenguaje. En muchos casos, el gesto incluso impulsa el habla”, afirma Elena Levy, psicóloga de la Universidad de Connecticut que ha investigado este tema en las últimas décadas.

De visual a abstracto

A medida que los niños crecen, a esos primeros gestos le suceden otros, icónicos o referenciales: hacer los cuernos con los dedos, alargar los brazos para decir grande, girar un volante imaginario, etcétera. Luego llegan los gestos no referenciales: mover las manos arriba y abajo, asentir con la cabeza, levantar las cejas, etcétera. Los autores del estudio han clasificado en estas dos categorías los casi 900 gestos capturados por los vídeos. Tanto los niños pequeños como los mayores emplean ambas clases, pero los segundos hacen más gestos no referenciales que referenciales. Además, los gestos se concentran en algunos tramos concretos del relato. Por ejemplo, tienden a aparecer cuando se introduce información nueva (por ejemplo, un nuevo personaje). “Los niños mayores tienden a utilizar mucho más los gestos no referenciales para marcar estos elementos que actualizan el discurso”, observa Júlia Florit Pons, investigadora de la UPF y coautora del trabajo.

¿Universal o cultural?

El cambio podría ser el reflejo de una maduración cognitiva. Saber qué es nuevo para un oyente (y marcarlo con un gesto) es una función compleja, llamada “teoría de la mente”. Los niños de escuela infantil suelen contar historias incomprensibles porque omiten información esencial, mientras los más mayores saben meterse en la cabeza de su interlocutor. Sin embargo, hay otras explicaciones posibles para el resultado. Por ejemplo, los niños podrían cambiar gestualidad sencillamente por ganas de parecerse a los adultos. Tampoco está claro si lo que ocurre en Girona pasaría igual en África o en China. “No podemos decir que es algo universal. Hay culturas que usan más gestos y otras que usan menos”, comenta Murillo, quien quisiera ver más estudios en otras partes del mundo. “Posiblemente, el número de gestos cambiaría, pero creemos que el patrón y la función sería la misma”, afirma Florit. 

¿Gestos para enseñar?

Esta investigadora está preparando un estudio para averiguar si ver y usar gestos mejoraría el aprendizaje de la lengua en las escuelas. Estudios previos sugieren que el tono enfático que usan muchos padres cuando hablan con sus bebés tendría unos beneficios: los bebés expuestos a muchos gestos no referenciales desarrollarían narrativas más estructuradas en etapas sucesivas. Sin embargo, hay matices. “Hay culturas donde los bebés se llevan en la espalda y sin embargo aprenden mucho, precisamente porque tienen que espabilarse ante un habla que no va dirigida directamente a ellos”, explica Prieto.

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