La Humanidad lleva 10 meses poniéndole velas a los laboratorios farmacéuticos, que acaban de obrar el milagro de fabricar la vacuna contra el covid en tiempo récord. Pero la historia de la farmacopea no siempre resultó tan eficaz, lineal y sencilla. A menudo, fue el azar el que dio al investigador la pista del medicamento que se escondía detrás de una reacción química, y otras veces dar con la molécula mágica de la pastilla fue el resultado de la insistencia.

En el libro ‘Diez drogas’ (Crítica), el divulgador científico norteamericano Thomas Hager relata las circunstancias que rodearon el descubrimiento de un puñado de productos farmacéuticos que cambiaron la vida de la gente. Este es el momento cero de la historia de siete de ellos:

A lo largo de la historia no ha habido una planta con más usos medicinales que la adormidera–o amapola real–, de cuya savia se obtiene el opio. Lo tomaban en Mesopotamia, lo ensalzaban los griegos, en Roma lo mezclaban con vino y Colón lo llevaba anotado en su lista de encargos cuando zarpó a las Indias. En los años de la revolución industrial, los medicamentos más demandados en las farmacias llevaban opio. Desde la noche de los tiempos son conocidas sus facultades analgésicas, aunque también su potencial adictivo.

Hoy sigue siendo la base de muchas medicinas de amplio uso. La reina es la morfina, descubierta en 1806 por al aprendiz de farmacia alemán Friedrich Sertürner. Le puso este nombre en honor a Morfeo, el dios griego de los sueños, pero no se le pasó por la cabeza patentarla, así que nunca ganó un maldito marco por su hallazgo. Anduvo más astuta la farmacéutica Merck, que en el siglo XIX construyó un emporio a partir de este alcaloide del opio, auténtica mano de santo para borrar las marcas del dolor.

Los fármacos que nos librarán del covid deben su nombre a Edward Jenner, el médico inglés que en 1790 convenció a sus paisanos de que las vacas infectadas de viruela bovina abrían una puerta para inmunizar a los humanos contra esta mortal enfermedad. Él se llevó la fama, pero la idea se le había ocurrido una década antes a Benjamin Jesty, un granjero del sur de Inglaterra que decidió arañar los brazos de su mujer y sus hijos y poner sobre sus heridas tejidos extraídos de una ubre de vaca enferma de viruela. Con aquella operación, no solo libró a su familia de la pandemia de 1774. También inauguró la historia de las vacunas.

En honor a la verdad, las vacunaciones deberían llamarse inoculaciones, que es como se denominaba la técnica que usaban los turcos desde la Edad Media para luchar contra la viruela, consistente en introducir restos de pus de enfermos leves de viruela bajo la piel de niños sanos para inmunizarlos. Fue la inglesa Lady Mary Wortley, esposa del embajador de Inglaterra en Constantinopla, la que descubrió el truco y lo exportó a Occidente a principios del XVIII. 

Todos los inductores al sueño que se venden hoy provienen de fórmulas sintéticas diseñadas en los últimos 50 años, pero el origen de los somníferos está en los juegos alquimistas que se traía el químico alemán Justus von Liebig en la primera mitad del siglo XIX. Mezclando sustancias por pura curiosidad, en 1832 inventó el hidrato de cloral, o clorhidrato, que al principio desdeñó. Más tarde descubrió que si lo transformaba en líquido, despedía un vapor de olor agradable que era capaz de tumbar en segundos a quien lo inhalara. 

Acababa de nacer el cloroformo, una sustancia que en 1850 ya se utilizaba para dormir a los pacientes antes de operarlos y que poco después empezó a tener usos recreativos. También perversos: a finales del siglo XIX se le conocía como la droga de los violadores. A partir de 1905, moléculas de nueva creación, como los barbitúricos o los antipsicóticos, desplazaron al clorhidrato del trono de los hipnóticos, pero esto no impidió encontrarlo en el cadáver de Marilyn Monroe.

Eliminar la sensación del dolor ha sido una de las legendarias aspiraciones de la farmacopea. Los opiáceos cumplieron esta función durante siglos, pero tenían el reverso de la adicción. En la búsqueda del analgésico perfecto, el mayor avance lo aportaron la casualidad y la observación.

No era curar el dolor, sino los espasmos musculares, lo que perseguían los químicos de la firma alemana Hoechst que a finales de la década de 1930 probaron en ratones una molécula que acababan de crear. Un investigador se percató de que a muchos de ellos les crecía el rabo de manera excepcional, justo la misma malformación que mostraban cuando los dopaban con opiáceos. La pregunta era obvia: «¿Tendría el mismo efecto en sus terminaciones nerviosas?».

La petidina –así se llamó al compuesto– empezó a ser usada en humanos para tratar el dolor, pero desapareció de las farmacias cuando se descubrió que también era adictiva. Sin embargo, no fue un descubrimiento fallido: a partir de esta fórmula, años más tarde, se elaborarían nuevos y mejores analgésicos libres de trazas de opio. 

De todos los fármacos que existen, solo uno tiene el honor de llamarse la píldora, pues si bien no cura enfermedades, su impacto cultural ha sido inigualable. Fue la propia naturaleza la que, en la década de 1920, brindó al fisiólogo austríaco Ludwig Haberlandt la pista que le abrió los ojos: si las mujeres no ovulan cuando están embarazadas, quizá ahí estaba la clave para controlar la fertilidad femenina. 

Empezó trasplantando trozos de ovarios de hembras animales embarazadas en otras fértiles y vio que funcionaba. Dar con la hormona que producía esos cambios era cuestión de tiempo. No lo logró Haberlandt, que acabó suicidándose por las presiones de grupos religiosos de su país. Poco después, la progesterona fue identificada como la responsable de controlar los ciclos menstruales. A principios de los años 40, el químico norteamericano Russell Maker logró sintetizarla a partir de los esteroides vegetales de un tipo de boniato que se cría en México. Con esta fórmula se pudo elaborar la píldora que acabaría revolucionando los hábitos sexuales.

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La investigación farmacológica está llena de pasos perdidos y proyectos que nacen con un propósito y terminan cristalizando en otro muy diferente. El hallazgo de la Viagra pertenece a esa categoría de sorpresas inesperadas, pero felices, que pueblan la historia de la farmacopea. No era un vigorizante de la potencia sexual masculina, sino un remedio contra la angina de pecho, lo que buscaban los químicos de la farmacéutica Pfizer, que en 1988 ofrecieron la sustancia a un grupo de voluntarios del sur de Inglaterra. Ninguno detectó mejorías cardíacas, pero varios comentaron que habían tenido unas erecciones antológicas. 

Acababa de ser identificada la UK-94280, o sildenafilo, la molécula que viaja en el interior de la célebre pastilla azul. Sobre ella, la farmacéutica que ha creado la primera vacuna contra el covid edificó un imperio que no fue ajeno a los recursos del márketing: las primeras letras de la Viagra evocan el vigor; las últimas, las cataratas del Niágara. Pfizer no da puntadas sin hilo.

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