En la tarde del pasado sábado, en el mismo momento en el que tenía lugar el accidentado mitin de Vox en la plaza Major de Vic que acabó con un masivo lanzamiento de productos de la tierra y el preceptivo reparto de galletas, los representantes de la asociación de restauradores Osona Cuina colgaban en la fachada modernista de la Casa Costa, en el lado oeste de la plaza, una pancarta con el laportiano lema ‘Ganas de volveros a ver’. El mensaje, claro, no iba dirigido a Javier Ortega Smith y su comitiva ultra, por más que el dibujo que lo acompañaba -una mano empuñando un glorioso bocadillo de butifarra- admitiera las interpretaciones más variopintas. Se trataba, en realidad, del anuncio de la edición de este año del Dijous Llarder, fiesta popular que además de servir de preámbulo al carnaval se ha convertido en los últimos tiempos en el gran acto anual de reafirmación colectiva de la gastronomía osonenca y de su producto estrella: el cerdo.

Organizar esta ceremonia de exaltación porcina en plena pandemia y a tres días de las elecciones no ha resultado sencillo. Los promotores de la cosa, obligados a adoptar un formato de fiesta ‘para llevar’ y a cambiar el céntrico escenario de la plaza Major (donde ya el día antes se llevaba a cabo siempre el tradicional ritual de la cuelga y el asado de los cochinos) por el poco acogedor recinto ferial El Sucre, prevén despachar este jueves apenas la mitad de los bocadillos que solían colocar cada año (de butifarra, de panceta, de butifarra negra, de Porc Ral d’Avinyó y, atención a esto, ¡de canelones!). Pero aun así han querido mantener la celebración casi como un gruñido de resistencia, una declaración de intenciones por parte de un sector que se siente acorralado.

“Teníamos claro que, pese a todo, había que hacer el Dijous Llarder sí o sí”, explica el chef Eduard Aliberch, propietario de Cal Jutge, en Orís, uno de los restaurantes adheridos a Osona Cuina. “Es nuestra manera de demostrar que la gastronomía del país sigue viva y en pie y que, si nos lo permiten, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para salir adelante”.

300 vecinos y cuatro restaurantes

El caso de Cal Jutge ilustra con claridad algunos de los sinsentidos de la estrategia diseñada por las autoridades políticas y sanitarias en la lucha contra la pandemia. “En Orís, que no sé si llega a 300 habitantes, hay en estos momentos cuatro restaurantes. Es un pueblo que vive de la restauración, no hay más comercio que ese. Y el confinamiento municipal nos ha condenado. Que un vecino de Torelló, que está a solo dos kilómetros, no pudiera venir a comer a Orís…, no tiene ni pies ni cabeza”.

En un efecto dominó, la crisis de la restauración local, que trabaja a menudo con producto de proximidad, se ha extendido a todo el sector alimentario de la zona, uno de los grandes motores económicos de la comarca. “Si los restaurantes no funcionan, los proveedores sufren también”, subraya Aliberch, que quiere aprovechar la campaña para recordar a todos los candidatos que en Catalunya “la gastronomía tiene un valor importantísimo y es un sector que hay que cuidar de una manera especial. Las elecciones -añade- deberían ser un punto de inflexión”.

El martes, sí; el sábado, no

Más escepticismo aunque idéntica sensación de desamparo se respira entre los paradistas del mercado que cada martes se instala en la plaza Major de Vic, que no solo han perdido durante varias semanas a los visitantes procedentes de otros municipios sino que, a causa de las restricciones, han tenido que renunciar a trabajar también el sábado, que era el día en el que verdaderamente hacían caja. “Las elecciones no van a cambiar nada; esto lo cambian las vacunas, no los políticos -apunta María José Galeote, que regenta una parada de zapatillas, deportivas y de las otras-. Pero que me expliquen por qué yo no puedo vender aquí el sábado y en cambio esos señores sí pueden hacer un acto electoral”.

“Esos señores” son los antes mentados dirigentes de Vox. “Los innombrables”, como dice Quim Crusellas, director del festival Nits de Cinema Oriental que desde hace ya 17 años se celebra en Vic a finales de julio. La muestra, la mitad de cuyo equipo organizador está formada por personas de origen asiático, constituye un estimulante ejemplo de las posibilidades de colaboración que brinda la realidad multicultural de la capital de Osona. Una realidad que la ultraderecha busca explotar en beneficio propio con su discurso xenófobo. 

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“Que haya mentes obsoletas que vean esa presencia de comunidades de origen diverso como un problema y no como una riqueza hace aún más necesario que exista un festival como el nuestro”, señala Crusellas, que destaca, por contraste, la afinidad que los cuatro grupos municipales presentes en el consistorio (Junts per Catalunya, ERC, Capgirem Vic y PSC) han mostrado siempre hacia los objetivos y los logros culturales y sociales de las Nits de Cinema Oriental. Un raro consenso alcanzado sin duda a base de pasar por alto que el cerdo que se sirve en las cenas que acompañan a las proyecciones es agridulce. 

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