Hemeroteca en mano, Sant Andreu de Llavaneres parecía el matraz perfecto para ir a tomar el pulso a esta aluminosa campaña electoral. Durante 16 años tuvo un alcalde del PP, Víctor Ros. En un alehop notable, gobierna ahora este refugio de rentas altas Joan Mora, de ERC. Entre ambos Ros y Mora fue alcalde Bernat Graupera, que dejó el cargo cuando fue sorprendido en un párking subterráneo con dos intimidadores cuchillos, un espray de pimienta y un pasamontañas que ocultaba su rostro. Solo dos datos más de contexto antes de ir al lío. En las últimas elecciones al Parlament, el independentismo cosechó el 56% de los votos, pero Ciutadans se aupó a la segunda plaza, con un 25% de las papeletas. Con estos elementos dentro del matraz y este sobre un mechero bunsen cabría suponer que los llavanerenses viven como Cabo Cañaveral la cuenta atrás de aquí al 14F. Pues no.

No hay apenas cartelería electoral. Los lazos amarillos (dicen que meses atrás eran omnipresentes) han volado. Tal vez no sea una metáfora. Tal vez sea literal. De pocos balcones penden enseñas, y eso que Llavaneres tuvo tiempo atrás su particular y desopilante guerra de banderas. Por la razón que sea, el Inspector General del Ejército en Catalunya, sea quien sea que ocupe el cargo, tiene en el pueblo una residencia de veraneo. Cuando está en casa, se iza la rojigualda. Tiempo atrás, la ANC hizo de aquello un ‘casus belli’ y plantó bien cerquita, pero en la calle, una ‘estelada’ que le dio a la zona de la riera un gracioso aire de partida de Risk. Ni siquiera ese antecedente, que debería sugerir que en Llavaneres la política se vive a flor de piel, flota en el ambiente en esta excursión a este en realidad tranquilísimo pueblo del Maresme. Que hablen, pues, los vecinos.

Ha sido una gran suerte toparse con dos llavanerenses con ese don de ofrecer respuestas mil veces mejores que las preguntas que se les formulan. Desde aquí y antes de proseguir, muchas gracias.

La primera, sin que el orden importe, es Aina Perich. Su familia regenta el único restaurante de la calle de Munt. Aunque el nombre le viene grande, es la principal arteria de la villa. Hay tiendas y comercios de alimentación. Tránsito, muy poco. Aún así, el ayuntamiento, por poner su grano de arena en la lucha contra el covid, ha colgado un cartel en el acceso a la calle en el que pide que para pasear el perro se elija otra ruta. Así la densidad será más baja, se supone. A lo mejor no hay más de 20 o 30 personas en toda la calle.

Can Perich abrió como casa de comidas en 2010. La crisis económica tocaba fondo aquel año o estaba a punto de hacerlo. La salida del pozo, como se sabe, fue lenta, tanto que casi se solapó con la llegada del coronavirus. Menuda década para un restaurante. “Tres veces hemos tenido que cerrar por la pandemia. No nos hemos quedado de brazos cruzados. Hemos aprovechado para digitalizar el negocio. Ahora hay días en que más de la mitad de las comidas que servimos son encargos para llevar”, explica Perich.

Un restaurante, que por las mañanas sirve desayunos y por la tarde cafés, es, como se sabe, un gran radar. ¿De qué habla la gente? ¿Del trepidante pulso electoral catalán? “Pues no. De lo que más, la pandemia. Luego, del Barça. Y ya por último, de política, pero solo para volver a lo primero, a lo mal que gestionan la pandemia”. Los Perich de Llavaneres nada tienen que ver con el Jaume del mismo apellido, pero, porque viene al caso, hete aquí una reflexión de aquel irrepetible humorista: “Un político es el tío que tiene soluciones cuando está en la oposición y problemas cuando está en el gobierno”. Qué grandes son los Perich.

En la misma calle tiene su negocio Rubén López, una inmobiliaria, La Maison. Téngase en cuenta, antes de proseguir, que Sant Andreu de LLavaneres sería Monterrey si Barcelona fuera San Francisco, un destino residencial apetecible por muchos y disponible para pocos.

“Piense usted, de entrada, que en Llavaneres hay más inmobiliarias que bares”. Tiene su razón de ser, explica López. Todo lo ocurrido en este distópico 2020 no ha hecho más que añadir un plus a la deseabilidad de este municipio como lugar se primera, segunda o intermitente residencia, no solo de quienes quieren y pueden dejar Barcelona ahora que el teletrabajo se impone, sino, también, de muchos extranjeros.

A las inmobiliarias, por lo que parece, les ha pasado en Llavaneres lo que a las librerías en el resto de Catalunya. El gran confinamiento de marzo hizo temer a muchos libreros que estuviera a la vuelta de la próxima página el punto y final de su novela empresarial. Tres meses sin levantar la persiana son muchos libros sin vender. Los vendieron luego. Fue como desembalsar las ganas de leer. La venta de casas en Supermaresme y Rocaferrera, las dos urbanizaciones que han esculpido la fama de Llavaneres, fue, terminado 2020, la prevista en enero, resume López.

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‘E la nave va’, por parafrasear a Fellini. En Llavaneres, tantas veces escenario de la gran ópera de la política (aquí vivió Urdangarín, aquí salpicó también el ‘caso Pretoria’…) la campaña electoral parece algo infinitamente lejano, como de otro país. Bueno, un poco, así es.

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